La verdadera ventana

Siempre han existido estándares, varían de una época a otra los modelos de belleza.

Estamos en la era del ventaneo, del mejor postor, de quien no enseña no vende, y la mercancía, en la mayoría de los casos, resulta que ni siquiera es falsa, pero tampoco verdadera. Una compra-venta de las fachadas de las casas, del gesto practicado, la pose estudiada y nuestro mejor ángulo en muchas ocasiones retocado. En el aparador mostramos eso que alcanzamos por instantes, lo que tomamos prestado para el momento, nos tomamos la foto subidos en el tren de sueños ajenos y ostentamos cualquier cosa en esas vitrinas que pretendemos volver trofeo. La competencia es por lo inmediato y lo que mejor salga en la foto, y sobra decir que nuestro perfil tiene muy poco que ver con lo que somos y llevamos dentro.

Con los avances tecnológicos se ha generado un nuevo tipo de globalización que no sólo ha desdibujado las fronteras culturales, sino que pretende consolidar a las personas dentro de una imagen de felicidad universal. Desde siempre han existido estándares, varían de una época a otra los modelos de belleza, las rutas que debiera llevar el pensamiento, las influencias del momento, lo que impone la sociedad. El juego de hoy se llama batalla de apariencias. Ventanales decorados minuciosamente para decir: Mírame, ¡soy feliz! Facebook, Twitter, Instagram por nombrar a algunas de estas redes por las que circulan nuestras máscaras.

¿En qué momento surge en nosotros la inminente necesidad de subir esa foto de nuestra “familia perfecta” pasando unas increíbles vacaciones? Posteamos cada aventura con nuestros hijos, las reuniones con nuestro grupo de amigos y subimos selfies. ¡Qué necesidad de ser vistos! ¿A qué se debe ese grito desesperado? ¿A una necesidad de reafirmarnos, de vernos a través de los comentarios de los otros?

Justificamos nuestra existencia por medio de los comentarios y el número de likes que nos otorgan. Vivimos conectados virtualmente, mientras asciende el número de nuestros amigos fantasma y va disminuyendo la intimidad a la que le tenemos miedo, pues es fácil esconderse detrás de tantos aparatos, pero hasta cuando vivimos protegiéndonos nos sentimos vulnerables y, por eso, mostramos sólo nuestras fortalezas. Hace poco una mujer subió sus fotos donde lucía hermosa y sonriendo; ella cuenta que a la media hora de haber aparecido en Facebook intentó quitarse la vida, afortunadamente fue un acto fallido. ¿No sería maravilloso que ya que existe este mecanismo lo utilizáramos para enseñar también nuestra tristeza, dudas, miedos, enojos, nuestra humanidad?

La ventana de la literatura es un cristal por donde podemos entrar al alma de otro y, ahí, expandirnos, entendernos, amarnos y aceptarnos … Hemos creado una muralla a nuestro alrededor, convirtiéndonos en esclavos de nosotros mismos, desde ahí enviamos señales de humo, que sólo puede ver el que se atreve a mirarle los ojos al mundo. No nos miramos a los ojos, pues, por muchos autorretratos que nos hagamos con el afán de conectar, el resultado termina siendo el contrario. Para mirarse en el espejo se requiere valentía, fe, confianza. Al mirar a alguien y atrevernos a decir “ésta soy yo, y no me asusta que descubras mis miedos, cambiamos vulnerabilidad por fuerza; entonces sucede el milagro: al ver nuestra alma desnuda, el de enfrente comienza a quitarse la coraza. Nos hemos vuelto adictos a nuestros teléfonos, espacios abiertos por donde podemos transmitir nuestro yo profundo. El problema no es el sistema, sino cómo lo habitamos. Si los demás son mi espejo y todos nos estamos reflejando superficialmente, ¿cómo podremos romper este círculo vicioso? La respuesta no es renunciar a las herramientas que nos regala el presente, pero sí aprender a reutilizarlas. ¡Veámonos, que la vida pasa!

Temas: