Camino a casa
Es el deber de cada hombre encontrar el camino hacía sí mismo, hacia el verdadero yo, el yo del alma: Hermann Hesse.
Miles son las formas en que esta especie animal llamada humana ha ideado para acceder a eso que llaman centro, otros esencia o fuente, y algunos… alma.
La sicología lo ha denominado como el “yo profundo”, ese espacio en el universo donde residen al mismo tiempo la universalidad de nuestra naturaleza y ese mensaje que exclusivamente nos corresponde compartir a cada uno. Nuestra individualidad, lo que en verdad transmuta a la persona del auténtico personaje, está archivada en esas profundidades en las que se aventuran los valientes.
Muchos se han perdido en el camino. Hace tiempo conocí a un exsacerdote jesuita divorciado que se recriminaba haber desertado de aquella vida a la que no podía volver. Aquel hombre se había quedado atorado a la mitad del camino. Es tortuoso ese recorrido desde la inercia hacia el éxtasis de la libertad. La mayoría de nosotros somos animales domesticados. Con el inconsciente afán de pertenecer al sistema nos programan para ir de a poco renunciando a esa soberanía del ser que posee el recién nacido. Por imitación, el niño se aprisiona, y los que saben dicen que de la misma forma es como se libera: el primer paso para llegar a nuestro tesoro existencial es comenzar a desandar el camino.
Un hombre trabaja de ocho a cinco en una oficina, rodeado de personas estresadas. Hay varias maneras de escapar cuando se está atrapado en la inercia de la vida; una de ellas es el dolor o la desilusión. El primer paso es darnos cuenta y entonces miramos a nuestro alrededor buscando una respuesta y, si estamos abiertos a encontrarla, aparece tomando la forma de libro, obra de arte o alguna de esas almas libres que fluyen por la vida. Ellas nos invitan a seguir sus pasos, son nuestros guías, los maestros que enseñan el lenguaje del espíritu: la inspiración.
Pero llega el momento en que lo que nos toca es improvisar, y así, utilizando la imaginación, despertamos a ese yo creativo; ahí se abre la puerta y empieza el verdadero juego. No es tan sencillo, pues es necesario atravesar por un proceso de transformación, vaciarnos de lo viejo, deshacernos de falsas ideas que llevamos incrustadas. Romper con todo, pararnos en la orilla del precipicio y aventarnos sin paracaídas. Debemos vencer el miedo que nos provoca lo desconocido, hay que nadar por aguas revoltosas durante una larga noche para llegar a donde, paciente, espera la paz sentada al borde de una playa celestial. Hemos contactado con nuestro profundo ser, nuestro artista interno, pues crear es la función del alma, desde ahí podemos elevar nuestra experiencia en este mundo terrenal en algo divino. Esa entidad intangible se concreta en un actor sagrado que representa nuestra verdad. Por eso aplaudimos cuando alguien logra manifestarla. Ese es el lugar al que pertenecemos, nuestro hogar céntrico.
¿Cómo podríamos saber que nos acercamos o que vamos en la dirección correcta? Los suspiros son un buen indicador. Cuando el alma se conecta se expande y nos abraza; aprieta tan fuerte que interviene en el transcurrir natural de nuestra respiración. El alma destila por esos dedos que crean sobre blanco y negro, las teclas del piano se hunden y el alma de aquel pianista se me cuela por esos dos agujeros que la naturaleza, Dios o el milagro casual del universo, ha colocado en cada lado de mi cabeza. Nuestros sentidos son puertas y ventanas, por ahí se cuela el alma del otro y se conecta con la nuestra. El camino a casa es un camino de ida y vuelta.
