Durante mucho tiempo, como los salmones, nadé río arriba, intentando encontrar algo, sin tener claro qué era, huyendo de eso otro que yo misma creaba en mi imaginación, pensando que la vida, simplemente, me sucedía e invirtiendo mi energía en intentar acomodarme dentro del caos colectivo en el que creía estar inmersa.
Le temía a la muerte, pero más a la propia libertad de crear una existencia que estuviera a la altura del milagro de haber llegado aquí. Viví presionada de no perder el tiempo y mis sueños se contaminaron por la obsesión de conseguirlos. Fui valiente y rompí algunas cadenas, pero yo misma volví a enredarme en ellas. Hablé para que me escucharan, aunque, en muchas ocasiones, ignoré mi propia voz. Rompía estructuras por el simple hecho de hacerlo, ignorando que éstas eran mis cimientos.
¿Cómo no estar confundida con una cabeza llena de ideas añejas, creencias blindadas y fantasmas?
Me caí, y aun así, lamiéndome las heridas, me levanté, volví a caer y, nuevamente, me perdí, pero ya conocía el camino de regreso. Fue entonces cuando sucedió: en una de esas idas y vueltas me lancé a esta aventura sin paracaídas... Y aquí estoy escribiendo sobre esa música que empieza a sincronizarse con el resto del paisaje.
Una paloma camina a mi alrededor, la palmera mueve cada una de esas hojas que de pronto se han vuelto dedos largos que corren sobre el piano, las nubes bailan mostrando todas esas posibles formas, mientras son testigo de que mi pluma, el ave, el hombre que corre, la mujer que se ha sentado a contemplar su vida escrita entre los renglones de las olas, la palmera, la paloma, el aire, la inmensidad, esos minúsculos granos de arena, que cada uno es casi nada y juntos...
La playa. Una cubeta roja que cuenta la historia de todos los niños, el tiempo bailando, el viento alabando el momento presente, yo parada en mi disfraz de humana frente a la inmensidad del mar, dialogando, agradeciendo el hecho de tener una mano que se mueve para ayudarme a sacar ese murmullo que llevo dentro. Es de esta pluma de donde me sostengo para atreverme a soltar todo lo demás y...
Que delicieeeee es fluir, y digo delicie con e porque la a me corta la palabra y la e la alarga. Fluir es eso: soltarnos, confiar, aceptar, vivir con el sí, con la sonrisa, con el corazón abierto, dejar la absurda resistencia y tener conciencia de que todos estamos conectados y que todo, sin exepción, danza al ritmo de los latidos de la propia vida.
