Terapias, terapitas y terapotas
De repente te descubres pensando en que es justo lo que te falta: la hipnosis, y te reprochas no haberlo hecho antes.
Hoy, cuando salí de la regadera, descubrí en el espejo cuatro bolas enormes y moradas en mi espalda. Son la huella que me quedó de mi terapia de acupuntura. Me llegó ese hombre a la cabeza, aquel médico que se ha hecho famoso por el manejo efectivo de su técnica ancestral.
¿En verdad servirá de algo clavarnos agujas en el cuerpo? Hace tres años me divorcié, lo que resultó ser más un partemadres que un parteaguas en mi vida. Insomnios, angustias, búsqueda, un absoluto y total replanteamiento de quién soy, quién había venido siendo y en quién quería convertirme. No suena tan difícil: nadie te advierte que se parece mucho a chocar tu automóvil todos los días y también las noches durante dos años, o quizá para ponerla de una manera más orgánica, es un parto laaaaaargo con contracciones y sin la epidural.
Eso buscamos todos... El bloqueo, lo que sea que nos quite el dolor. Tengo una amiga que, desesperada por algún tipo de solución, accedió voluntariamente a ingerir veneno de sapo. “¿Ya fuiste a...? Lee tal cosa... Tómate esto, fúmate aquello, tienes que conocer a mi sicólogo, hay una vidente increíble que no falla , aunque a mí me acierta más la del tarot...”.
De repente, te descubres pensando en que es justo lo que te falta: la hipnosis, y te reprochas no haberlo hecho antes, pero algo sucede que terminas siendo de los pocos seres humanos del planeta inmunes a aquel remedio. A tu vecina le cambiaron la vida los maratones, pero a ti no te gusta ni correr al baño, y aun así lo intentas, y acabas bajando demasiado de peso y con dolor en las rodillas. Ir a la librería deja de ser una aventura, pues cambias la literatura y la poesía por la filosofía de la autoayuda.
Y así transitas por consultorios de sicólogos, tomas píldoras, repites mantras, buscas a quien equilibre tus chacras, acudes a sesiones espiritistas, haces yoga, cambias de hata a kundalini, y viceversa, repites más mantras, llenas de prana tus pulmones, buscas meditaciones guiadas en internet, te bañas con agua helada, intentas aprender algo nuevo, cambias tu círculo de amigos, extrañas a los viejos, pero no quieres toparte con ellos porque no necesitas contarles cómo va tu vida, vas a grupos terapéuticos, lo que ayuda mucho en el momento, pues por suerte hay historias peores que la tuya.
Huyes a un ashram, haces caminatas, Santiago, Machu Picchu, Chapultepec o donde sea posible. Escalas... si no el Everest, así se siente... Un camino de subida que a todos en algún momento nos toca recorrer. Todos buscamos... no sólo quitarnos el hoyo de la panza, sino ser felices. Las terapias tienen una función: son una herramienta para entender y traducir esa verdadera respuesta que siempre ha estado dentro de ti.
