¡Terminan las vacaciones!

Soy muy afortunada de poder darme estas escapadas con una de mis personas favoritas.

Estoy cerrando las maletas para regresar a casa, obviamente contra reloj, pues debo correr cuanto antes al aeropuerto. Cuando estamos de vacaciones los días se pasan volando. En un abrir y cerrar de ojos todos esos momentos divertidos se convierten en recuerdos.

Ocho días sola con mi hijo pequeño. Una experiencia, como siempre, enriquecedora, que no sólo nos acerca y fortalece el vínculo entre él y yo, sino que nos permite conocernos en un ámbito distinto: sin rutina, sin horarios y, por lo tanto, sin regaños.

Todas las madres deben sentir que tienen muchísima suerte por aquella personita que ha llegado a llenar su existencia como un verdadero milagro. Todas debemos sentirnos orgullosas de verlos cómo crecen y van entendiendo tantas cosas de la vida.

Hace dos días, me decía mientras yo le platicaba, que mis palabras sabias le molestaban. Obviamente me dio risa su comentario y le pregunté por qué lo incomodaban; a lo que respondió que “son verdaderas y no puedo negarlas ni discutirlas”.

Ese tipo de pláticas profundas sobre el arte de vivir nos acompañaron en varias sobremesas. También hubo risas y anécdotas, mucho mar, mucho sol, mucho mar, amigos, diversión, desveladas, comida de la que está prohibida entre semana (todos los días). Hubo de todo... Pero, sobre todo, ¡muchísimo amor! Soy muy afortunada de poder darme estas escapadas con una de mis personas favoritas.

Ahora vamos de regreso. Él viene dormido en el taxi. Yo te escribo y siento esa nostalgia por todo lo que acaba, porque sé que estos viajes entre él y yo tienen fecha de caducidad. Así que gozo sentirlo dormido sobre mi pierna, agotado de haberse divertido, de haber creado recuerdos juntos.

Estoy llegando al aeropuerto. Bajar las maletas, niño dormido, bolsa, sacar pasaportes, meterlos en esas máquinas que inventaron, según esto, para facilitarnos la vida, lo cual no es cierto.

Hacer fila, meter maletas, cruzar los dedos para que no te cobren sobrepeso y, aun así, te lo cobran porque no eres platino, ni tienes tarjeta American Express.

Y, de repente, te le quedas viendo a la señorita, con esa mirada sincera que entienden las mujeres, y te cierra el ojo y terminas con una sonrisa  doble, pues son una caricia en el alma los buenos detalles entre dos desconocidos.

Y ahí, en lo que te devuelven los pasaportes y piensas en esas cosas trascendentes de la raza humana, a la que orgullosamente perteneces, tu hijo te dice que le urge ir al baño y sale corriendo hacía el baño de hombres en un aeropuerto, y tú le dices a la señorita que ahora vuelves y corres tras él.

Y cuando sale quisieras regañarlo, pero lo ves y te sonríe. Y sólo pienso en la gran vacación que tuve, en que el tiempo no vuelve y que ¡quiero estirar esta etapa de persecuciones al baño lo más que pueda!

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