No todo es lo que parece
Aprendes de los niños, es un curso intensivo estar de vacaciones con mi hijo, un pequeño maestro que me cuestiona y me confronta.
Ayer desayunaba con mi hijo y, como ya es costumbre, me hizo una pregunta: “¿Sabías que la fresa no es un tipo de mora y que el plátano sí lo es? La verdad, yo no lo sabía y él tenía toda una explicación científica que sustentaba su aseveración.
¿Cómo lo sabes?, le pregunté. Y me dijo: “Es información que corre por mis venas”. Me reí, aunque después tuve una pequeña reflexión: lo que aprendemos, lo que vamos haciendo nuestro, aquello que sustenta nuestra sabiduría, obviamente transita por todo lo que somos. Hoy estoy en un momento de la vida en que requiero hacer uso de todos esos conocimientos y cualquier información, incluso la de la penca de bananas, la atesoro.
Cuántas cosas más hay como esa fruta que no se parece en su definición a la que estamos acostumbrados. La vida está llena de esas sorpresas y contradicciones. A veces son regalos, a veces consecuencias. ¡Qué duras pueden ser estas llamadas de atención, qué fuerte nos jala las orejas la vida para que entendamos!
Llevo ya un buen tiempo intentando asumir mis errores pasados, culpándome y victimizándome por ellos; hoy estoy aceptándolos, sabiendo con certeza que cada una de las decisiones que hice en su momento fueron las mejores, pues no tenía la información ni la experiencia que tengo ahora.
Hoy sé que no todo es lo que parece, que las cosas deben verse desde distintos ángulos, que hay que tener la suficiente información para crear una opinión y que aun así hacer un juicio es arriesgado, pues cambiar de opinión es de sabios, es una cualidad que tienen las personas que poseen una mente abierta, que saben perfectamente que la vida nos muestra una cara de la moneda cuando tiene más de dos.
Eso aprendes de los niños, es un curso intensivo estar de vacaciones con mi hijo, un pequeño maestro que me cuestiona y me confronta, un espejito donde se ven claros mis defectos, pero donde también brilla y resplandece mi amor.
El amor es una de esas cosas que no puede esconderse, que no se oculta tras de otra, que sólo es, que siempre es, que no se disfraza, que no va y viene, que brilla y no se camufla detrás de esas tantas otras cosas que se escudan en su nombre: la posesión, el miedo, el interés, la conveniencia. El amor es de las pocas cosas en la vida que siempre es lo que es, que siempre parece lo que debe parecer, que simplemente... es.
Cuando el amor parece algo distinto, cuando raspa en vez de acariciar, cuando enferma más que curar, cuando nos vuelve inseguros, entonces no es amor. Si amamos la vida, a nuestros seres queridos, si amamos a nuestro planeta, a la humanidad y a la vida entera... entonces todas esas otras cosas que desconocemos se transformarán poco a poco en familiares.
La penca de plátano y las frambuesas ya no nos parecerán distintas y la vida será ese lugar lleno de regalos por descubrir. Ahora mismo estoy con esa misma personita de ocho años, sentados bajo una sombrilla, enterrando los pies bajo la arena. Él me pregunta: “Mamá, ¿en dónde empieza el mar?” Y yo le respondo que en la arena.
Claro, las cosas terminan en donde empiezan.
