El gesto, el tono de voz y el lenguaje corporal de la mujer detrás del escritorio de la recepción. Esa fue la primera impresión al atravesar la puerta. Acto seguido, escribir mi nombre en ese libro que registra entradas y salidas; hacerlo, anotarme, me provocó una reflexión: ¿cuánto dolor ha escurrido por esa tinta y ha llorado sobre este mismo cuaderno forrado con piel negra que tengo enfrente? Después viene la revisión, por suerte no tuvo nada que ver con esas indicaciones que, impresas en la pared, donde todo depende del criterio del custodio, desde la ropa interior hasta técnicas más “profundas” de inspección. Atravieso la puerta, es el mismo rechinido que asociamos cuando se abre o se cierra el acceso de sitios como este en las películas. Siguiente paso, entregar nuestra identificación, sellarte el brazo y luego colgarte un gafete que dice “visitante”. El problema es que en ese momento no me siento una visita , lo cual agradezco profundamente, pues eso significaría cargar ahora mismo con un paquete mucho más pesado de emociones. La segunda puerta ya ni siquiera suena, las imágenes capturan todos mis sentidos, sentimientos muy intensos que se parecen al dolor y al miedo, pero que no terminan de serlo, porque vengo cubierta con ese manto invisible que nos dan las buenas intenciones. “¿Voy a caminar sola hasta el salón seis?”, le pregunto a un custodio. “¿Es peligroso?” Y en ese momento él llama a una mujer.
—Acompáñala al seis.
Esta persona desprendía un fuerte olor a mariguana y en ese gesto amable me deja ver una dentadura tan precaria que me habla imediatamente del estado subhumano en el que se encuentran estos seres. Siento temor, y mi mente empieza a cabalgar. No consigo detenerla, entonces me doy cuenta de que todos por momentos somos presos. He venido a dar amor y surge en mí su contraparte, porque no es el odio el opuesto de ese sentimiento que nos dignifica y hace humanos sino el miedo. Entro al salón, ahí están ya mis compañeros; esa paz que irradia la mirada de Andrés Portillo me reconforta, pero estoy aún lejos de mi zona de confort. Poco a poco van llegando esas mujeres. La gran mayoría desprende una vibración muy baja de energía. Tengo el alma comprimida. Ya estando todas sentadas, intentamos empezar con la meditación y de pronto una de ellas se levanta diciendo, con un léxico tan diferente, que quiere matar a todas las presentes; entonces sólo deseo que esto acabe. Respiro, pero mi mente ya tomó una decisión: no debería estar aquí. No voy a narrarte toda la experiencia, sólo puedo decir que fue un gran aprendizaje. Al cabo de una hora mi corazón comenzó a abrirse. Pasamos más de tres horas haciendo ejercicios de conciencia. Para mí el aprendizaje era claro: son los prejuicios los que no nos permiten permanecer en estado de unión con nuestro yo profundo. Es un reto hacerlo, conectarnos con lo divino en un espacio como este , pero lo conseguí. Después de ver ese dolor, esa culpa, siento que he dado un paso en mi crecimiento.
Hay veces que, aun pudiendo escoger qué terreno pisar, vivimos encarcelados en ideas, en supuestos problemas reales o imaginarios, vivimos en cárceles propias. Conocemos personas que se maltratan a ellas mismas, que no se aman y no se perdonan. Aquella tarde estaba una mujer que me inspiró, Nora, una de las internas, llena de luz. Fue el espejo en que quise reflejarme, una mujer libre de espíritú en un reclusorio, eso me dio una nueva perspectiva.
