¡No cabe por el hoyo!
¿Cómo es posible que quien conceptualizó este sitio no imaginara que alguna tarde podría antojársele a cualquiera subir un enorme nopal? ¿No estamos en México?
Son las once y media de la mañana, un hermoso miércoles de primavera, y yo, en medio de semejante problema. Estoy con dos hombres , uno le grita al otro :
—¡Ayúdame! ¡Empújala! No entra.
Por supuesto, en este momento, llega a mi mente mi arquitecto; de hecho, pienso en todos los arquitectos, en la arquitectura, en los espacios, aquellos espacios abiertos, hermosos, enormes, propositivos, funcionales... así es mi mente: siempre divagando en instantes como éste, cuando lo que debería estar haciendo es concentrarme en ese enorme brazo que quizá se rompa frente a mis ojos sin que pueda hacer algo para impedirlo. Los músculos del hombre que jala tiemblan, todos sudamos, yo, por el calor; ellos, por el esfuerzo. El segundo hombre, el que empuja, es grande y creo que podría hacerlo con más fuerza; no digo nada, permanezco inmóvil y callada . Todo es verde y espinoso. Todo esto sucede por una cuestión de falta de visión, de poca amplitud, de no haber previsto que en la vida real también suceden esas escenas de las películas de Buñuel: surrealismo puro y, como es de entenderse, peligroso. No siempre estamos preparados para ciertas situaciones, aunque —hay que decirlo—, en países como el nuestro, por falta de otros recursos, ingenio es lo que nos sobra .
De pronto, se escucha un grito, ya metí una parte, los tres sentimos un alivio, seguimos atentos, pues el caso sigue siendo complicado. Nadie ha salido lastimado aún, y esperamos que todo siga igual . Es enorme, ese es el problema, demasiado grande para el hueco, la cuerda es muy gruesa, pero se resbala; las manos curtidas del hombre en cuestión están cansadas y quizás doloridas. Yo sólo observo, siento no poder intervenir, pues la idea ha sido mía, yo causé este embrollo; he sido yo la que compró un nopal gigante para colocarlo en la azotea sin saber que el único acceso era diminuto.
¿Cómo es posible que quien conceptualizó este sitio no imaginara que alguna tarde podría antojársele a cualquiera subir un enorme nopal? ¿No estamos en México? ¿No está impresa aquella cactácea en nuestro mismísimo símbolo patrio? ¿No es justamente eso, símbolos e identidad lo que le hace falta a este país? ¿No deberían estar llenas de nopales gigantes las azoteas? Seguimos sudando, el calor es insoportable y mi hermosa planta desértica sigue atorada; cruzo mi mirada con la de uno de ellos, ya no sonríen, ha surgido un incómodo silencio, que tan sólo se rompe con ese sonido que hace cuando se agita la respiración. El plan ahora es voltearlo para que entre de cabeza, es un buen momento para decir algo: quisiera hablarles de todas esas ideas, del plan B, que de repente llegó a mi cabeza, agradecerles por esa cantidad enorme de energía invertida en mi capricho, disculparme por no contar con músculos como los de ellos para participar de una forma más activa, hablarles de cualquier otra cosa para alegrarles un poco el rato, pero los veo tan concentrados que lo único que sale de mi boca es un: —Ahora vuelvo, voy por los refrescos.
