Mi lugar sagrado

En su espacio preferido, un desconectado y solitario taller de pintura, la autora logra conexión con lo divino y consigo misma.

Estoy sentada sobre un tapete, la ropa de ejercicio no cubre del todo mis pantorillas, esa sensación de la lana contra mi piel es incomoda, la razón por la que no me siento confortablemente, y como se debe, en una silla, es porque necesito estar cerca de la conexión de electricidad, pues está a punto de acabársele la pila a mi teléfono celular, y esa es la herramienta con la que hoy cuento para enviarte un saludo junto con unos cuantos de cientos de letras...

Un disco de Nils Frahm, justo la parte donde se escucha un chiflido, mi favorita, es la que suena de fondo en este instante en el que pretendo concentrarme para que de mis dedos surja algo que, para alguno, llegue a resultar entretenido o, en su defecto, interesante.

Voy a contarte que además de la lectura, la música y la escritura tengo otra pasión... Pinto... y ahora mismo me encuentro en mi taller, es ese el por qué hoy no te escribo desde mi computadora, aquí no hay línea de teléfono, por lo tanto no existe el internet, no hay agua caliente, constantemente se va la luz, no tengo siquiera un servibar, ni tampoco un microondas y, sin embargo, de todo el planeta es mi espacio favorito.

Este es mi refugio: al fondo está el viejo piano de mi abuela, que acompaña a los lienzos en proceso, a los que están terminados y a esos que no valen menos por estar en blanco, pues son, justamente, ellos los que más me imponen.

La ventana de atrás da a un viejo edificio con escaleras negras que le cuelgan de los lados, su carácter es  misteriosamente auténtico, y junto a él, un viejo letrero espectacular abandonado, lo que hace que el paisaje se vuelva histórico-urbano, o sea, que se presta para inventar un cuento. Del otro lado, justo enfrente, un edificio en construcción, que metafóricamente representa la creación, el nacimiento, el progreso, la evolución...

En fin... Mi espacio creativo se encuentra justo ahí, en medio, entre lo que ya es pasado y catárticamente intento plasmar, y entre ese ansioso deseo de... No lo sé... De intentar descubrir y descubrirme con cualquiera que sean las herramientas que tenga que utilizar para conseguir que el juego se convierta en otra cosa, entonces, solamente entonces, me siento artista y dejo de ser sólo una mujer, sólo un ser humano, sólo yo...

Y en este espacio sagrado ocurre el milagro, mi conexión con lo divino, es en este templo manchado por pintura, lleno de objetos encontrados que parecieran no tener sentido, es en este caótico espacio donde se encuentra una de las puertas secretas por las que desciendo a aquellas, tanto oscuras como luminosas profundidades de mi ser. Hay otros caminos... El amor en primer término, y después... Me supongo que cualquier cosa que nos detone una verdadera introspección.

Te hablo hoy desde mi lugar sagrado, desde ese cuarto propio que fantástica y sabiamente describió Virginia Woolf.

Temas: