Ver sin ver...
La ciudad te cuenta todo el tiempo lo que le sucede, la vida misma se va narrando y su historia se va desenvolviendo en ese leve susurro de la tarde. La noche va llegando.
La voz de un perro que no entiendo, las potentes turbinas de un avión, el arranque de un auto, el sutil canto de unos pájaros, algunas personas desesperadas que tocan el claxon en el tráfico, un vendedor de tamales oaxaqueños, el crujir de las hojas de la jacaranda frente a mi ventana, una conversación entre dos hombres, una risa femenina, un helicóptero, el golpe de una puerta que se cierra, platos que se guardan en la cocina y disparos que, afortunadamente, provienen de un juego de video.
Estoy en el balcón de mi casa, recién he vuelto de mi clase de piano. Hoy mi maestra me ha propuesto un experimento: tocar las escalas con los ojos cerrados.
—Lo traes adentro, me dijo, y el resultado me ha asombrado. Si alguno me hubiese dicho, hace unos meses que decidí aventurarme a aprender el idioma de las teclas, que hoy estaría tocando a dos manos las escalas, lo habría dudado, pero seguro me habría reído si me afirmara que lo lograría con el sentido de la vista totalmente apagado.
En fin, que me ha gustado tanto la experiencia que he decidido sentarme en el balcón a escuchar el caer de la tarde, lo cual ha sido todo un acontecimiento, pues es casi poético caer en cuenta de que cada sonido viene acompañado de su imagen.
La ciudad te cuenta todo el tiempo lo que le sucede, la vida misma se va narrando y su historia va desenvolviéndose en ese leve susurro de la tarde. La noche va llegando, y mientras lo hace, algún tipo de silencio comienza a manifestarse dentro del constante barullo de la calle. Abro los ojos, algunas ventanas se han encendido, la oscuridad todavía no es total, y aunque las hojas de los árboles han dejado de ser verdes, aún se vislumbra la silueta de un par de nubes grises detrás de la muralla que forman las varillas de un edificio en construcción... vuelvo a cerrar los ojos y entonces sucede que aquel trabajo que ha hecho mi retina se multiplica, los sonidos amplían ese paisaje que, por alguna razón, no era tan agudo ni tan preciso; puedo ver más allá de mi mirada, lo que me hace recordar a Iván, un pianista con discapacidad visual. No me asombró que tocara magistralmente su instrumento, pues personas como él son capaces de leer con las yemas de los dedos, es otra cosa lo que ha salido en este instante del cajón de mi memoria. Ese hombre me pareció admirable por cómo se ubicó en el espacio con el eco de su propia voz, él sabía que se encontraba en un espacio amplio y de doble altura. Al despedirse de mí aquella tarde me dijo: “Eres hermosa”. En ese momento pensé que se trataba de un comentario simpático y no me detuve a pensar en cómo ese hombre se construía una primera impresión: la voz, lo que se dice, cómo se hace, la risa, cuando se calla, el aroma, la temperatura, el movimiento. Ahora que revivo aquella conversación me siento muy halagada por el piropo. Ver sin ver... un bello experimento.
