Esta semana cumplí 42 años. Hace tan sólo 24 meses era una mujer ubicada perfectamente en la transición de los 30 a los 40. El primer año es para acostumbrarse, así se me pasaron los 41, aprendiendo las artes del crecer y del vivir, repitiéndome a mí misma que la vida empieza a los 40, que es la mejor etapa de la mujer y quién sabe qué más cosas me fui contando...
Hoy, mientras me siento a reflexionar sobre el ser y ya oficialmente, y sin remedio, soy una cuarentona en toda la extensión de la palabra, me doy cuenta de que, como en todo en la vida, hay pros y contras; la dichosa balanza de la que tanto hablan está hoy en equilibrio. Aunque no puedo negar que de pronto se inclina más hacia alguno de los lados y cuando esto sucede, cuando pierdo mi centro, entonces llega la angustia existencial tan típica de esta edad en donde la conciencia está pendiente de no perder, ya no sólo el rumbo, sino el tiempo, pues a estas alturas ya no hay tiempo que perder.
La vida se divide por etapas: la niñez, que según la ciencia que se ocupa de la mente, se encarga de definir el rumbo que tomará el resto de nuestra vida, pero después llega partiendo plaza la adolescencia, un momento de transformación donde vuelve a intervenir la suerte, aunque por fortuna ya contamos con ciertas herramientas para conducir nuestro barco por mares tranquilos o de tormenta, al final es sólo vida, experiencia, sabiduría, pues todos iremos a parar a la orilla de la misma playa... La de la vida. Y así van transcurriendo los días hasta que una buena tarde te encuentras frente al espejo mirando con cierto susto los primeros rasgos de esa persona en la que habrás de convertirte. Encontrarte una cana es algo muy banal, pero descubrirte descubriéndola es algo muy distinto. Es enfrentarte como en esos años adolescentes a una profunda metamorfosis, a lo desconocido, es aceptar que la vida va hacia quién sabe dónde y a un ritmo tan acelerado que provoca vértigo. Las mujeres contamos, además, con la presión no sólo de esa muerte que nos aguarda, sino de cómo nos veremos cuando llegue.
Las cuarentonas dejamos de comer lo que queremos, gastamos de más en cremas, que al final no cumplen lo que prometen, seguimos siendo bellas, pero nos inquieta esa juventud que se va desvaneciendo poco a poco... Pareciera que llegar a este momento es desalentador, pero la naturaleza es sabia, pues a cambio de unas cuantas arruguitas nos ha dejado invaluables recuerdos que nos hacen ser quienes somos...
Hoy me felicito porque he conservado a amigos de años, por lo que he construido, porque mis sueños siguen creciendo, porque mis pasiones tienen rumbo, porque valoro lo trascendente, porque tengo la suficiente información acumulada para ayudarle a mi hijo con su tarea y porque hoy sé de qué va la vida. Aprender y amar... y amar aprendiendo. Se dice fácil, pero debemos enfocar nuestra energía en lo importante y no caer en esa trampa cultural que nos hace creer que valemos por como nos vemos. ¿Dónde queda la sabiduría? ¿La capacidad de amar crece con los años? Hoy cumplo 42 y planeo intentarlo. Vivir intensamente y liberarme de lo que no hace falta. Y sólo por eso, por tener la conciencia y la intención de hacerlo, ¡me felicito!
