La locura

Hoy deseo detenerme para hacerle un pequeño homenaje a esa joya que es la fantasía.

La locura por amor, por la vida, por el arte y algunas otras banalidades. “La vida debe ser vivida hasta el punto de las lágrimas”. Eso dice el loco de Camus, y mientras lo leo sonrío, pues estoy absolutamente de acuerdo.

Las personas habitan este planeta de maneras muy diversas, algunos lo hacemos intensamente, es por eso que los otros nos dicen locos. Locos porque aman locamente, porque observan, por su gran capacidad de asombro ante las cosas, porque aunque tienen el mismo miedo que el sensato, se atreven a asomarse sobre el muro de los límites establecidos, hay veces que incluso se brincan y existe ése que vuelve a compartir lo descubierto. ¿Qué haríamos los cuerdos sin los locos? Es verdad que nadie nos confrontaría, pero tampoco nos harían sentir esa cosquilla que se percibe cuando algo de lo que llevamos dentro, algo nuevo, comienza a despertarse. He notado algo: con los años he aprendido que liberarse es un gran riesgo, pues hay que irse preparando poco a poco. Por lo general, aquellos que se quitan de golpe las cadenas terminan —ya sea por esa falta de sabiduría adquirida o por mala suerte, pues la suerte existe— viviendo en la calle y empujando por las calles un viejo cochecito de supermercado que se va desbordando de tantas malas decisiones.

Algunos locos tienen más suerte que otros, y aparte eligen enfocar esa energía lunática en lo hermoso, en lo interesante, en lo creativo y esas otras cosas que alimentan el espíritu. Estamos donde estamos, moral aparte, gracias a esos hombres y mujeres que enfocan sus neurosis no únicamente en sí mismos, sino a ese común denominador que es la humanidad.

Los libros de historia, aquellas viejas enciclopedias, cualquier biografía legible y los grandes escenarios son espacios exclusivos para la categoría de seres humanos a quien dedico esta reflexión. Hoy deseo detenerme para hacerle un pequeño homenaje a esa joya que es la fantasía, a la maravillosa duda filosófica, a la poética superstición, a la curiosidad, a los que creen que creen, a los que crean, a la propia contradicción, a esa manera de vivir siempre colocando al final de cada acción un gran punto de exclamación, y a la divertidísima extravagancia. En fin, que me quito el sombrero ante todo aquello que hace que mi corazón conozca la pasión, la ciencia, el amor, el error y la locura. Por alguna razón soy de esas que valoran lo auténtico ante lo común. Si tengo que elegir, mil veces ante lo seguro escojo la aventura, el aprendizaje ante el éxito y el poder y lo que se mueve antes de lo estático. Prefiero arriesgarme y experimentar la sensación de haber perdido que estar atrapada en una paz ilusoria que se respira dentro de mi minúscula zona de confort, donde sólo se vislumbra la superficie de una profundísima realidad que cuenta con una dimensión para cada una de sus millones de versiones. Erasmo de Rotterdam, importante exponente del humanismo, escribe por 1521 en Basilea su Elogio de la locura, donde se regocija de alagarse a sí misma, pues esa esa locura, esa misma de la que te he venido hablando, como en todos esos otros casos de la vida en que nos hace detenernos... la protagonista.

El amor... este es el principal ejemplo, pues los locos se atreven a amar, a entregarlo todo, a aceptar y respetar incondicionalmente el proceso de los otros, lo demás es otra cosa, pues la verdadera entrega no es racional.

El arte, ése que conmueve, el que confronta, el que transforma, el que se regala y se comparte desde lo esencial, ése tampoco viene sólo de la mente, eso, y todo aquello que no tiene que ver con la razón, por mera definición es sencilla y compleja locura.

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