Amigo querido:

Tengo tanto que contarte, me encuentro del otro lado del océano.

Hace tiempo que no te escribo... He sentido el impulso de hacerlo justo ahora mientras me tomo mi café de la mañana. Estoy sentada junto a la ventana,  como tantas otras cosas de la vida, la lluvia casi no se nota, como nuestra amistad, que transcurre en quedar y quedar de vernos, y que aun sin concretarlo... Existe. Hoy deseo escribirte a modo de esas cartas de antaño, que se pensaban, que se sentían, donde las palabras escogidas transmitían ese algo invisible que acorta las distancias y dispersa lo ausente. Tengo tanto que contarte, me encuentro del otro lado del océano, mientras yo empiezo el día, tú duermes, o eso supongo, pues el insomnio es algo típico en naturalezas como la tuya. Bueno, pues, te cuento que sigo en Berlín, que ha sido un viaje fantástico, ayer por la noche fui a un concierto de Gidon Kremer en la filarmónica, el edificio es espectacular, por dentro me recordó a nuestra Nezahualcóyotl, mientras observaba a ese virtuoso violinista sobre el escenario hacerle el amor a su instrumento me vino esto a la mente: además del talento, ¿cuánta dedicación, pasión y enfoque necesita un ser humano para ser merecedor del regalo del aplauso? Me sentí afortunada de estar ahí, un gran momento, estoy segura de que lo habrías gozado tanto como yo. Hay tanto que ver, simplemente el arte callejero, lo que llamamos graffiti hace que constantemente se detenga el ritmo de mi bicicleta, en varias ocasiones hago una pausa total para tomar fotografías. Hablando del arte de eternizar el instante en una imagen, hay justamente ahora una muestra de Mario Testino en el Gemäldegalerie, el fotógrafo italiano interpreta perfectamente el ideal de belleza de nuestro tiempo, mezclando el glamour con la “cotidianidad” de cierta élite que también se suma a la larga lista de lo inalcanzable... Belleza, riqueza, locura y fama ,todo mezclado tras un lente profesional, lo que resulta en una verdadera utopía: aspiración y arte... Magia.

El muro... derribado está, junto con todas sus historias, huellas y cicatrices que dejó a su paso. Están también esas casetas desde donde el comunismo vigilaba lo innecesario, de repente un cierto escalofrío puede recorrerte el cuerpo si profundizas en aquella injusticia vuelta crimen, ¿De qué somos capaces los humanos? Mas todo eso es pasado, historia, y yo he venido a crear la mía en un escenario que no por sentirse invierno deja de ser primavera. Miles de brotes recién nacidos crecen por día en las puntas de esas ramas secas que decoran el paisaje, el disfraz multicolor de los enormes cuervos, los niños con gorros y guantes, la arquitecturaaaaaa. ¡Uffff! Uno de mis espacios favoritos ha sido el museo judío, donde el arquitecto Daniel Libeskind, para hacer referencia al Holocausto, crea mediante el espacio sensaciones intensas y específicas como la desolación, la desorientación y el miedo. Tú sabes de esas cosas.

Cafés, restaurantes, cementerios, escaparates, tiendas, puentes, monumentos, edificios, museos, estaciones de metro, tranvías, autos, trenes, bicicletas... miles de trozos de un solo muro forma el rompecabezas que hoy pretendería descifrar, mas fronteras como las del tiempo y el idioma se interponen. Quisiera narrarte detalladamente esta experiencia, lo que ha sido andar por estos rumbos, quisiera traducirte lo que cuenta ese mismo viento helado que inspiró a Lou Andreas-Salomé, a Einstein, a Wagner, a Rilke y Nietzsche por nombrarlos con una mano, mas debo dejarte por ahora. Esperando que estas letras te encuentren bien, te mando mi cariño desde aquí. Nos vemos pronto. Julia.

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