Para las personas que no somos religiosas, la Semana Santa tiene un significado: ¡vacaciones!
Estoy en la sala de espera, aguardando la hora de abordar; un pájaro se ha perdido en el aeropuerto, me pregunto si nos observa. Mientras él sigue su vuelo buscando la salida, yo me dirijo a mi lugar: 34 F, lo que me da la oportunidad de observar a las personas con las que compartiré este vuelo.
Desde hace tiempo tengo una costumbre rara , surge de aquel tiempo en que tenía miedo de volar y, aunque me he desprendido de ése y de otros miedos, la idea de que niños y personas que sonríen cuando cruzas con ellas la mirada viajen en mi avión, siempre me deja tranquila; hoy no creo que exista un dios que cuida más a los “buenos” que a los “malos”. De hecho, tengo una idea muy distinta sobre la naturaleza humana, pero esa idea cruza mi mente mientras me acerco a mi lugar.
Después de unas horas, casi como por arte de magia, como si se tratara de una especie de teletransportación, te estoy escribiendo desde una terraza en medio de un bosque encantado, soy presa de su encanto, me veo atrapada en una imagen que pareciera, más que real, imaginada, rodeada de un silencio gris, miles de ramas secas delinean lo que pareciera ser el cielo, y un pájaro parecido al que esta misma tarde vi atrapado en el aeropuerto vuela libre y canta. Estoy en otro espacio y, a la vez, pareciera que me encuentro en otro tiempo, uno antiguo y también tan nuevo.
He llegado al viejo continente. A esa ciudad que vio nacer y ha inspirado a músicos y filósofos, a la ciudad del muro derribado y de la transformación. Un espacio donde conviven esas ideas totalitarias que aún se notan con el progreso y la evolución. Me siento cansada por el viaje, pero llena de energía. Eso es viajar... renovarse, reinventarse, redescubrirse. Algo en mí se despierta, todavía no sé qué es, pues acabo de llegar.
Es una especie de reconocimiento. Las aves rompen el silencio, su canto es distinto. Me pregunto si las aves cantan en otro idioma según los cambios en el paisaje. No llueve, sólo una ligera brizna vertical. Me siento adentro de un cuento o, mejor aún, como si de pronto pudiera entrar en un cuadro que al mismo tiempo es alegre y melancólico; introspectivo, esa es la palabra. Berlín es un lugar introspectivo.
Un gran contraste con ese doble arcoíris que pintaba el cielo azul de mi país el día de ayer. Eso pasa cuando viajas... cambian los escenarios, los de adentro y los de afuera, cambia el diálogo con nosotros mismos, nuestra vida cotidiana toma una nueva perspectiva, los kilómetros de por medio muchas veces ayudan a darle sentidos nuevos a esos cuestionamientos del día a día.
Los árboles poco a poco se tornan sombras, ese pájaro que no es cuervo de pronto es un punto negro que pasa... De un lado al otro, como la vida, sin saber de dónde viene y desaparece dejando sólo el recuerdo de un vuelo efímero... El viento frío me cuenta cosas que iré comprendiendo en estos días... ¡Que empiece la santa semana! Los que viajen hagan como el ave negra y vuelen, salgan de sí mismos... Creen recuerdos que para eso hemos venido. !Felices vacaciones!
