Vuelo
Yo decía que no me gustaba volar y siempre me busco actividades que lo requieren. Ahora voy volando a Barranquilla, Colombia, al Festival Internacional de las Artes para hablar sobre mi crónica del libro Cuba Stone. Volar se percibe como un privilegio, un lujo. La ...
Yo decía que no me gustaba volar y siempre me busco actividades que lo requieren. Ahora voy volando a Barranquilla, Colombia, al Festival Internacional de las Artes para hablar sobre mi crónica del libro Cuba Stone.
Volar se percibe como un privilegio, un lujo. La mayoría de las aerolíneas son caras, pero otras se están abaratando, porque también es una necesidad. Hoy en la madrugada vi, en la sala de al lado de mi vuelo, una fila inmensa de gente que iba a Vancouver. Pura mano de obra. Se notaba que no eran turistas; alcancé a escuchar la plática de algunos: hablaban del frío que iba a hacer allá. Ese vuelo no era un lujo, era un medio de transporte que los llevaba al sitio donde hay chamba y de donde sacarán el dinero para mantener a sus familias.
Escribí la canción Cero y Uno, de nuestro disco Cuatro Caminos, como un recordatorio permanente a mí mismo de que la única manera de cerrar el ciclo musical de Café Tacvba es ir “hasta donde estás tú”, es decir, nuestro público: salir de gira, subirse a un avión y subir al escenario para “mover el aire” con nuestras canciones, con la guitarra, con la voz. Ahora viajo también para presentar mis libros.
Volar. Es extraño cómo cada pasajero percibe distinto las turbulencias o el movimiento del avión. Recuerdo que a mi regreso de Cuba cuando fui a ver a los Stones el avión se movía horrible. Sentía que se iba a caer, pero la gente se levantaba como si nada para ir al baño. Yo no entendía nada, ¿no sienten el movimiento? ¿No les da miedo? Me daban ganas de preguntarles, pero nunca se me ha dado entablar una conversación y menos iniciarla. A mi lado iba una monja, y siempre que hay una, o un cura, me siento más cerca del cielo, o sea, de morirme. Esta monja no paró de evangelizar a la persona que estaba a su lado: una chava que había estudiado danza dos años en La Habana. La monja le dio su teléfono y dirección de mail a la bailarina porque al parecer estaba muy interesada con el tema religioso ¡Dos años de estudios de danza y un cuerpo fenomenal que quedará encubierto por siempre para desgracia de muchos! Parecía que la chava se iba a convertir en monja, entrar a un convento, “casarse” con Cristo. Celibato total.
Una vez Etgar Keret dijo en una presentación que le encantaba subirse a los aviones. Me sonó raro porque era la época en que yo odiaba volar. Decía que era el único momento que no lo molestaba nadie. No hay wifi, no hay celulares, no llegan los mails. Podía dedicarse a lo que quisiera: dormir, leer, ver películas, sin sentirse culpable por no estar haciendo nada productivo. En un vuelo no hay nada que hacer, mas que esperar a que el vuelo termine, toque tierra.
Hay quien no soporta esa desconexión casi zen, pues cuando las llantas rechinan en la pista, se escucha cómo entran las ráfagas de notificaciones de WhatsApp y los ringtones de llamadas en cada asiento. Todos comienzan a textear y a hablar fuerte. Incluso, una vez escuché a un locutor de radio continuar el programa que había dejado en suspenso durante el tiempo que duró el vuelo.
Ahorita, durante el vuelo, el avión está en silencio. Se escuchan los motores, pero nada más. El paso que sigue en términos de “civilización y comodidad” (entre comillas) es tener conexión a internet en todos los vuelos. Ya hay varias aerolíneas que lo ofrecen pero aún es caro, un lujo. Cuando sea común esta paz y silencio se acabarán. La gente podrá hacer llamadas por WhatsApp o por celular, juntas de negocios por Skype como sucede en las cafeterías de la sirena verde (que ya es antimexicano mencionar), donde escuchas cómo la gente habla fuertísimo, como si quisieran enterarnos de su “junta Skype súper cool zona horaria del otro lado del atlántico”.
No importa, o no mucho, a mí que me gusta escuchar las conversaciones ajenas me enteraré de más cosas en los aviones, del destino de personas que ni conozco, que sólo compartiré un vuelo con ellos, como el de la chava bailarina que se va a hacer monja. ¡Qué desgracia!
