Robo
Qué mala onda, se metieron a mi casa a robar. Apenas había llegado a Chicago para el siguiente día presentarnos en el Ruido Fest, cuando mi celular comenzó a sonar insistentemente. Como saben, no contesto llamadas, mis amigos me mandan emails o whtsps. Pero el número ...
Qué mala onda, se metieron a mi casa a robar. Apenas había llegado a Chicago para el siguiente día presentarnos en el Ruido Fest, cuando mi celular comenzó a sonar insistentemente. Como saben, no contesto llamadas, mis amigos me mandan emails o whtsps. Pero el número era el de la persona que nos ayuda en casa, que se queda de velador cuando salimos.
Ya desde que contesté sentí que algo no iba bien, ¿para qué me iba a hablar sino para algo feo? Me decía muy nervioso lo que había pasado. Puertas forzadas, todo revuelto, cosas tiradas. Habían entrado cuando dejó la casa sola por dos horas. Quería llamar a la policía por si los maleantes regresaban. Le dije que no. En una de esas se lo llevan preso por ser “el principal sospechoso”. No es que yo tenga mucha imaginación (que sí la tengo), pero sé de muchos casos en que eso ha sucedido. O peor, como en la obra de Carballido, en la que los policías llegan para llevarse lo que los rateros dejaron. ¡Ay, México lindo y querido!, ¿o debería decir humanidad?
La cantidad de sentimientos que me genera el robo van desde la rabia más intensa a la tristeza más profunda. No tanto por lo que se llevaron, sino que me da por pertenecer a la especie humana, ¡qué vergüenza! en la que hay especímenes que se dedican nomás a tratar de joder al otro.
Al final resulta que un robo como el que sufrí es de las cosas más pequeñas a las que uno está expuesto. Así que, como no, doy gracias porque sólo se hayan llevado cosas materiales, objetos que pueden ser remplazados de una u otra manera. Mi familia no estaba en casa, así que por ese lado no hay de qué preocuparse.
Una amiga que vive cerca nos ayudó a ver lo que había pasado, nos mandó fotografías, arregló los desperfectos, ya que nosotros estábamos lejos. En las fotos se mostraba lo que habían hecho y las cosas que faltaban: la televisión, un estéreo medio chafa, una bocina para poner los iPods, una guitarra eléctrica, dos Grammy (me dejaron seis).
Mis libros y CD estaban todos tirados en el suelo. De esos no se llevaron ninguno, ¿para qué?, lo que buscaban era una caja fuerte en las paredes, tanto libro seguramente sólo sirve para ocultarla. ¿Caja fuerte? ¡ja!, pues quién creen que soy. Aunque Café Tacvba es famoso, no somos U2. Si fuera integrante de la banda irlandesa seguramente no me habrían robado, porque mi castillo estaría bien resguardado por una valla electrificada y custodiada por vigilantes. Nunca llegarían a mi sala de trofeos, porque no podrían atravesar los rayos lásers mortíferos que rebanan a un amante de lo ajeno en dos. Pero soy sólo un Tacvbo. Aunque claro, eso me pone en la cadena alimenticia y aunque hay peces más gordos que yo, soy apetitoso para ciertos depredadores.
Hace más de 15 años que me robaron también y me regañaron porque la forma en que tenía mi casa era “una invitación a robar”. Están de moda los robos, así que me tengo que poner al día en términos de protección.
Mientras recibí la llamada fatídica leía una entrevista al Dalai Lama, en la que hablaba que hay que estar lejos del enojo, de como estamos tan enganchados con las cosas materiales, etcétera, etcétera, etcétera. Me dieron ganas de aventar la revista de puro coraje. Pues sí, el Dalai Lama no vive en México, pensé. Donde hay violencia, políticos corruptos, colectivos infernales, marchas eternas, desaparecidos, hambre, desempleo y, sí, robos. Quizás el podría con todo eso, es un santo.
Yo, como no soy el Dalai Lama, al saber que me habían robado una guitarra me compré otra. Fui con mi hermano a Chicago Music Exchange, una tienda en donde hay cientos de guitarras increíbles, y escogí una. Con esa voy a componer un montón de canciones, para ganarme y recuperar los dos Grammy que me robaron.
De lo demás no sé. A lo mejor nos quedamos sin televisión. Seguro es más saludable.
