Los políticos, los resultados y los diamantes
Pensamos que la unanimidad es buena y la polémica es mala. Pero eso es una mera apariencia para la calificación política. Las políticas económicas y financieras de Luis Echeverría y de José López Portillo reciben una opinión unánime
Los políticos, los resultados y los diamantes se pesan, no se cuentan. Es más valiosa una sola pieza de 10 quiilates que 5 piezas de un quilate. Por eso no importa el número de integrantes de un gobierno, sino el peso específico de cada uno de ellos lo que será, en conjunto, el peso real de ese gobierno.
Un estadífilo podría decir que se hicieron 400 kilómetros de carreteras. Pero un político diría que se hizo una carretera México-Acapulco y que esa obra sería determinante para la región y para la nación. Que en nada se compara con los mismos 400 kilómetros, pero de una carretera que uniera Hermosillo con Agua Prieta. Las dos cuentan igual, pero ¿cuál pesa más?
Si lo vemos respecto a los políticos como personas a cargo de lo público, y para sólo citar a algunos ya finados y que no fueron presidentes, entonces podríamos apreciar lo que pesaban Jesús Reyes Heroles, Antonio Ortiz Mena, Javier Barros Sierra, Alfonso García Robles, Jaime Torres Bodet, Ernesto P. Uruchurtu o Joaquín Amaro. Y entonces, también, nos damos cuenta de que no necesariamente ganaríamos si ampliamos el tamaño del Congreso, de la Corte o del gabinete. Los políticos se pesan, no se cuentan.
Decíamos que los resultados pesan. Por un momento, pensamos en los 22 presidentes que ha tenido México en 102 años. Descartemos a los 5 que más admiramos y a los 5 que más detestamos. Cada quien a su gusto. Nos quedan 12 que “ni fu ni fa”.
Estoy seguro que la mayoría de los lectores anotaría, entre esa docena gris, a Manuel Ávila Camacho. Pues, bien, ¿qué hizo ese Presidente que ni siquiera recordamos? Pues fundó el Seguro Social, aprovechó los beneficios que nos acarreó la Guerra Mundial, abrió el camino hacia el civilismo y tres “cositas” más. No cabe duda que fue un político que pesaba.
En ocasiones pensamos que la unanimidad es buena y la polémica es mala. Pero eso es una mera apariencia para la calificación política.
Las políticas económicas y financieras de Luis Echeverría y de José López Portillo reciben una opinión unánime. Las políticas económicas y financieras de Carlos Salinas de Gortari y de Ernesto Zedillo reciben una calificación polémica.
Hoy en día es casi unánime la opinión que se tiene sobre la cancelación del nuevo aeropuerto, sobre la supresión de las estancias infantiles, sobre la solicitud de disculpas españolas y sobre la emisión de memorándums contra constitucionales.
Hay, desde luego, buenos deseos y buenas intenciones en torno a los asuntos de la seguridad, de la corrupción, de la pobreza y de la desigualdad. Allí el planteamiento es muy claro y muy compartido, pero de ninguna manera es original sino, por el contrario, es añejo y manido.
No hay nadie que esté a favor de la delincuencia, de la corrupción, de la pobreza o de la desigualdad, como no sean lo propios beneficiarios de esas lacras.
Este discurso fue utilizado durante diversas campañas electorales y no cabe duda de que es un discurso inteligente y productivo. Incidió en el ánimo electoral en la modalidad de hartazgo y de enojo.
El problema es que ¿cuánto tiempo puede durar siéndole útil? Porque si no hubiere resultados tangibles y prontos, entonces el hartazgo y el enojo se habrían convertido en cargas de profundidad que detonarían en contra del mandatario en turno, así como sucedió en la ocasión anterior.
Pero así como hubo buen discurso electoral, no existe una buena destreza gubernamental. No son claros los planes, los programas, las estrategias y las logísticas. Por ejemplo, en el tema de la seguridad se creó la Guardia Nacional, se autonomizó la Fiscalía de la República y se reinstaló la Secretaría de Seguridad. Todas esas son medidas orgánicas que serán buenas o malas, pero que son simplemente orgánicas, no son estratégicas ni logísticas.
Un personaje de Lewis Carroll se preguntaba cuál sería el camino a seguir. Otro le preguntó que hacia dónde quería llegar y el primero le contestó que no sabía. La recomendación del segundo fue que sería igual que se fuera por donde quisiera.
