La amenaza populista

La mayoría de las democracias protegen los derechos políticos, pero no necesariamente protegen los derechos civiles o de las minorías.

En dos ocasiones, el presidente Enrique Peña Nieto ha advertido sobre la “amenaza del populismo”. Lo hizo en su más reciente discurso con motivo de su Informe de Gobierno, y apenas hace una semana en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde advirtió de la amenaza de “nuevos populismos de izquierda y de derecha”.

Supongo que el populismo de izquierda al que se refería tiene algo que ver con la muy probable candidatura presidencial de López Obrador, por un lado, y por populismo de derecha quizá se refirió a la menos probable candidatura de Donald Trump por la presidencia de Estados Unidos, por el otro.

¿Qué es el populismo? Existen varias definiciones. Para algunos, se trata de cierta retórica demagógica que apela a los intereses de las masas frente a las élites privilegiadas. Para otros autores, sin embargo, el populismo es una especie de ideología del pueblo soberano frente a las élites.

¿Tiene ideología el populismo? En el primer mundo, a menudo se asocia el populismo con la derecha, mientras que en los países en desarrollo el populismo está más asociado con la izquierda. La clasificación anterior es complicada puesto que en muchos casos el populismo es nacionalista: Trump, por ejemplo, dice querer echar atrás el Tratado de Libre Comercio, justo como muchos otros líderes de izquierda podrían prometerlo en América Latina.

En otros casos, la etiqueta peyorativa de “populista” se usa con fines electorales. Por ejemplo, cuando un partido en el poder busca no perderlo, puede hacer una campaña de miedo acusando a su retador de populista. Por ello, en el contexto mexicano, por ejemplo, no debe sorprender que tanto Calderón como Peña Nieto acusen a López Obrador de “populista”.

Pero, si la democracia es el gobierno de las mayorías, ¿qué habría de malo con un político que gana una elección apelando a proteger los intereses de las mayorías y, llegado el momento, intenta hacerlo regalando televisores, gasolina o despensas “al pueblo”?

El problema tiene que ver con las condiciones necesarias para consolidar una democracia. Según Sharun Mukand y Dani Rodrik, expertos en economía política, una “democracia liberal” consolidada debe proteger tres tipos de derechos: Los derechos de propiedad, entendidos como protección contra robos o expropiaciones. Por otro lado están los derechos políticos, entendidos como protección a los derechos de votantes y candidatos que garanticen elecciones libres y justas. Y en tercer lugar están los derechos civiles que garanticen la igualdad de trato frente a la ley, la cual implica un trato no discriminatorio en el acceso a la justicia, así como en la provisión de bienes y servicios públicos.

Los derechos de propiedad preocupan y benefician particularmente a las élites, ya sea dentro o fuera de una democracia. Por su parte, los derechos políticos deberían beneficiar a las mayorías, aunque a menudo tienden a beneficiar a los grupos mejor organizados, como pueden ser las clases medias, los partidos políticos o sus clientelas. En cuanto a los derechos civiles, muchos regímenes políticos enfrentan un dilema: por un lado, ya sea con o sin democracia, la única minoría bien protegida es la élite adinerada. Y por otro lado, resulta que la mayoría de las democracias protegen en cierta medida los derechos de propiedad y los derechos políticos, pero no necesariamente protegen los derechos civiles o de las minorías.

Visto desde esta perspectiva, la amenaza real no es la del populismo, sino la de quedarnos estancados en una democracia meramente electoral que no llegue, de una vez por todas, a proteger los derechos de mayorías y minorías por igual.

@javieraparicio

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