Ahí viene Manlio… ¿Y?

El hecho de que sea hoy el más reconocido entre sus pares, no pasa de ser una apreciación limitada a la clase política.

Ivonne Melgar

Ivonne Melgar

Retrovisor

Un destacado integrante de la dirigencia del PRI, entonces asambleísta, me preguntó en el sexenio pasado por qué en Los Pinos le daban tanto juego al gobernador mexiquense Enrique Peña. “¿Será para fastidiar a Manlio?”, sugirió a modo de intriga.

Era 2009 y mi tarea era dar cobertura a las actividades del presidente Felipe Calderón, cuyo equipo seguía con desconfianza y a detalle los pasos de Beltrones, en su rol de jefe de los senadores priistas. 

Cada domingo, los responsables de la agenda y el discurso del mandatario panista revisaban el comunicado que difundía el legislador opositor sobre la coyuntura, dando pauta de por dónde vendría el golpe semanal para el gobierno federal.

La animadversión hacia el sonorense era respirable en el primer círculo presidencial, por lo que la duda de nuestro interlocutor priista tenía sentido, sobre todo sí, como siempre se lo reclaman a Calderón, su toma de protesta en San Lázaro fue posible gracias al respaldo de senadores y diputados del tricolor, con Beltrones a la cabeza.

En contraste, mis colegas en el Senado hacían comentarios favorables sobre el jefe de la bancada del PRI. E independientemente de sus filias partidistas, se referían a Manlio con estima y respeto, al tiempo que daban profusa difusión a sus estrategias y declaraciones, centradas en frenar las iniciativas del gobierno calderonista.

Cuando en septiembre de 2012 fui asignada a la cobertura de la Cámara de Diputados, comprendí las fobias y filias hacia el hoy flamante líder nacional del PRI. “¿Y ahora qué pasó?”, pregunté ante un tumulto de reporteros, legisladores y personal de San Lázaro que peleaba por un espacio en el ingreso al recinto.

Pronto me acostumbré a la escena: era la caravana de recepción a Beltrones, quien tardaba una hora en llegar a su curul, antes de despachar la entrevista de prensa, las peticiones de sus correligionarios y los cabildeos de los diputados del PAN, PRD, PVEM, PT, Movimiento Ciudadano y Nueva Alianza. Porque todo cuanto se hacía en la Cámara requería de su aprobación.

Varios de los protagonistas de la LXII Legislatura que casi termina fueron compañeros de Manlio en el Senado y traían con él una dinámica de negociaciones y valores entendidos.

De manera que si bien las iniciativas del Pacto por México se cocinaron entre las dirigencias de la oposición y los hombres del presidente Peña —los secretarios de Hacienda, Luis Videgaray, y de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, y el jefe de la Oficina de Los Pinos, Aurelio Nuño—, en la práctica Beltrones tenía una aceitada manera de aterrizar los acuerdos.

En contraste con los escenarios enfermizamente cuidados de las actividades presidenciales —en cualquier sexenio—, el quehacer parlamentario llega incluso al balconeo, permitiendo a sus observadores conocer quiénes se hacen guajes, los modos patanes de aquellos que se autoproclaman demócratas, de qué tamaño es la improvisación legislativa en México, su plural frivolidad y de dónde vienen los escasos representantes del buen verbo.

Así que al margen de los amarres inconfesables y a puerta cerrada, el acontecer visible de la Cámara nos permite subrayar dos rasgos en el estilo político de Beltrones:

Uno: capacidad de interlocución permanente con todos los actores de la escena, incluidos los representantes de la prensa, a quienes es capaz de contestar la misma interrogante hasta cinco veces, sin ventilar fastidio. Digamos que, públicamente hablando, Manlio es todo lo contrario a un mecha corta.

Dos: se trata de un estratega que elige sus batallas y sus vetos. Esto explica por qué asumió con disciplina, por ejemplo, una Reforma Energética que —de acuerdo con sus señalamientos en el pasado inmediato— tenía tintes privatizadores.

Sólo en el proceso de aprobación de esa complicada iniciativa atestiguamos el enojo de Beltrones cuando diputados de la izquierda bloquearon el salón de plenos para evitar la sesión del 11 de diciembre de 2013. Ese día la perredista Aleida Alavez, que impulsó la revuelta, perdió el visto bueno del priista para ocupar la presidencia de la Mesa Directiva.

Tales características habrán de contar en su encargo partidista. Y qué decir del conocimiento que el nuevo dirigente del PRI tiene de las debilidades y los atributos de los líderes y operadores de la oposición. No creo que necesite del Cisen.

Pero el hecho de que Manlio sea hoy el más reconocido entre sus pares, no pasa de ser una apreciación limitada a la clase política. Una ilusión de consumo interno.

Por supuesto que, como presidente del partido en el poder, se lleva de calle en oficio y posibilidades de manejo electoral a sus homólogos del PAN y del PRD. Y claro que se dará un quién vive con AMLO, que ya grita ahí viene el lobo Beltrones contra Morena.

Su reto, sin embargo, no radica más en la grilla ni el colmillo para repartirse el pastel. Lo que falta es convencer a los universitarios, a los jóvenes, a los clasemedieros, a los ciudadanos de a pie, quienes preguntan: ¿Qué tanto le aplauden a Manlio?, ¿a poco no es corrupto como los demás?, ¿de verdad es moderno?

Son las interrogantes que ilustran la distancia entre los códigos de la vida pública y la percepción de la gente ajena al poder. 

Y ahora le toca a Beltrones despejar esas dudas. Es la prueba de la vida real, la de las calles. 

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