Equidad de género... esa deuda

La lucha femenina ha sido, pues, larga, tenaz, difícil y valiente.

El 8 de marzo se celebró el Día Internacional de la Mujer. La fecha ha sido itinerante, de modo que en este reducido espacio nos ocuparemos de la mujer, su realidad en el mundo y en México.  De acuerdo con las últimas proyecciones del Consejo Nacional de Población (Conapo), a finales de 2013 había 118 millones 395 mil 54 personas en el territorio nacional; de ellas, 60.6 millones son mujeres y 57.8 son hombres, números que representan 51.2 y 48.8%, respectivamente.

De la frialdad de estos datos estadísticos se derivan varios hechos irreductibles: que la sabia naturaleza ha conservado en México y en el mundo una saludable mayoría de mujeres cuya existencia asegura la conservación de la especie humana. El otro hecho es que, no obstante su mayoría, sigue vigente su lucha secular para liberarse del oprobio que desde hace siglos pareció circunscribirla a las labores domésticas condenarla, a la procreación, al cuidado de sus hijos y su sometimiento al hombre.

Basta recordar que cuando la Revolución Francesa decretó en 1789 el final del feudalismo, su carta triunfal a favor de la igualdad jurídica, de la libertad y los derechos políticos, fue la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Los franceses y otros revolucionarios liberales de la época olvidaron a las mujeres.

La lucha femenina ha sido, pues, larga, tenaz, difícil y valiente. Y su principal obstáculo a vencer ha sido la tozudez de su contraparte, el hombre. Podría afirmarse que desde 1789 brotaron en Europa y Norteamérica (Estados Unidos estrenaba independencia), los primeros movimientos feministas para luchar por la igualdad y la libertad.

Lo que nos lleva a referirnos a México, en cuyas batallas feministas hemos tenido muy destacadas mujeres. Es obligado recordar entre ellas a Hermila Galindo Acosta, partícipe en el Congreso Constituyente en Querétaro. Hermila tenía apenas 20 años de edad, cuando el 12 de diciembre de 1916 subió a la tribuna y presentó a sus colegas congresistas la propuesta de que incluyeran en el nuevo texto constitucional el derecho de la mujer a votar y ser votada. Los constituyentes rechazaron la propuesta porque las actividades de la mujer estaban restringidas “tradicionalmente” al hogar y a la familia. Curiosamente, esta demanda fue satisfecha en México el 17 de octubre ¡de 1953!, a 164 años después la Revolución Francesa y a casi 37 años de la valerosa intervención de Hermila en Querétaro. 

Debo reconocer los avances conquistados. Si en otros países han llegado al poder jefas de Estado y primeras ministras, en México hemos tenido alcaldesas, diputadas, senadoras, gobernadoras, embajadoras (¿cómo no recordar aquí a nuestra memorable poeta, escritora y diplomática Rosario Castellanos?), secretarias de Estado, lideresas empresariales...

Pero mucho falta aún por alcanzar, para que la equidad de género deje de ser una vacua expresión retórica, útil (o mejor dicho, fútil) en discursos que no se honran con las acciones, que no se traducen en hechos. 

Un dato solamente para reflexionar sobre la distancia que separa lo que se dice de lo que se es: solamente 187 de las 500 curules de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión están ocupadas por mujeres, circunstancia que encierra todo un desafío para este año de elecciones concurrentes, en las que contenderán 43 mil 416 candidatos a cargos de elección popular. ¿En cuántas boletas aparecerán nombres de mujeres?

Qué bueno que algunos partidos políticos se propongan integrar con ciudadanas la mitad de sus representaciones legislativas en las cámaras del Congreso de la Unión, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal y las legislaturas estatales; a mujeres cuyas vidas y obras acreditan sobradamente su servicio a favor de la sociedad. Qué bueno, digo, porque la desigualdad persiste.

Qué bueno, además, porque el desarrollo humano de un país no puede alcanzarse si no se tiene en cuenta a más de la mitad de la población.

                Twitter: @germandlagarza

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