La restauración
Muchos priistas deberán aprender lo básico del viejo priismo para poder sobrevivir: saber que las horas políticas exactas son las que marca el reloj presidencial.
“Líder máximo”, “jefe nato”, “faro de la política nacional” y “primer priista del país” son algunos de los apelativos que se usaban para definir el papel del Presidente de la República en la estructura del Partido Revolucionario Institucional (PRI), hasta que al presidente Ernesto Zedillo se le ocurrió establecer una “sana distancia” entre su partido y el poder gubernamental encabezado por él mismo.
Parece una obviedad, quizás para algunos jóvenes lectores ya no lo sea, que la piedra angular del sistema político mexicano fue, y ahora está de regreso, el Presidente de la República desde 1929 hasta el 1 de diciembre de 1991, cuando tomó posesión Zedillo como titular del Poder Ejecutivo federal y anunció su decisión de mantenerse al margen de las decisiones políticas de su partido.
Y obvio es que en un sistema político presidencialista al extremo, en los sexenios de los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón no tuvieron la guía tutelar de una estrella como aquella que guió a los magos bíblicos hasta el pesebre. No tuvieron “línea”, para decirlo en el argot de la grilla mexicana.
Con el regreso del PRI a la Presidencia de la República, apoyado en un acuerdo entre los gobernadores de ese partido agrupados en la entonces poderosa Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago), Enrique Peña Nieto comenzó a ser nuevamente “el fiel de la balanza”, según expresión de José López Portillo. Esta semana se fortaleció como tal con la designación de Manlio Fabio Beltrones como nuevo dirigente nacional del PRI, quien por cierto ayer dijo que la “sana distancia” entre el PRI y la Presidencia de la República ya se acabó.
Es la restauración del sistema político del PRI, basado obviamente en el presidencialismo extremo. Están de regreso el “dedazo” y “la cargada”, consustanciales a esa forma de hacer política. El retorno a la simbiosis PRI-Gobierno, que tan bien y tan claro analizó Manuel Moreno Sánchez, hace ya algunas décadas.
Hoy el nuevo “ungido” por el Presidente de la República es el mejor, el único, el más conveniente, el que mejor sabrá interpretar las necesidades del PRI y de sus militantes, el más indicado, el más apto…
Beltrones conoce bien este sistema. Sabe perfectamente quién decidió su llegada a la dirigencia nacional del PRI. Conoce otra de las reglas priistas: disciplina y lealtad a las decisiones del Presidente. Sabe que el mejor pudo tener otro nombre y apellidos… si el Presidente de la República lo hubiera querido. Por eso desde ahora tiene ventaja para lo que viene, según se decía, se dice, en aquel lenguaje político. Muchos priistas deberán aprender lo básico del viejo priismo para siquiera poder sobrevivir: guiarse por el único faro de la política mexicana y saber que las horas políticas exactas son las que marca el reloj presidencial.
Si usted, lector, quiere aprender de veras lo que significa este sistema, y si es que apenas llega a los 35 años, puede recurrir a autores como el citado Moreno Sánchez, Daniel Cosío Villegas, Jorge Carpizo, Luis Javier Garrido… entre otros. Todos muertos, dirá usted. Sí, pero absolutamente vigentes para lo que sigue en el país.
CAMBIO DE VÍAS.- En La Estación de la semana pasada se publicó un dato erróneo, responsabilidad absoluta de su escribidor. Se publicó que la autonomía de la UNAM se obtuvo “en 1929 bajo el rectorado de Manuel Gómez Morin”, error detectado por el licenciado David Treviño Peña, lector de este espacio. En efecto, Gómez Morin no era rector en el momento de la obtención de la autonomía (1929); sólo fue el primer rector (1933-1934) después de la promulgación de la nueva Ley Orgánica de la UNAM, producto de la autonomía.
