Empieza el apagón
Resulta más que lastimoso oír las inverosímiles explicaciones que dan los funcionarios al reciente apagón. Lejos de terminar el problema, éste apenas comienza. Hay varias causas, pero la más profunda es la arrogancia de un gobierno incapaz de aceptar que es ...

Gabriel Reyes Orona
México sin maquillaje
Resulta más que lastimoso oír las inverosímiles explicaciones que dan los funcionarios al reciente apagón. Lejos de terminar el problema, éste apenas comienza. Hay varias causas, pero la más profunda es la arrogancia de un gobierno incapaz de aceptar que es incapaz.
En países totalitarios -como el nuestro- el discurso oficial acude a conceptos del más rancio estatismo para justificar errores, deficiencias e insuficiencias. Claro, los favoritos son aquellos que aluden a las razones de Estado. La seguridad nacional ocupa un destacado lugar entre las razones por las cuales la sociedad tiene que soportar atropellos y fallas, dado que ese moldeable, escurridizo y manejable término no admite debate.
Ante las fallas, personas que ocuparan cargos de bajo nivel decisorio en el sector energía, como quien ahora lo comanda, tienen que acudir, enfundadas en trajes típicos, a espetar un discurso construido sobre las supuestas y superadas ventajas de contar con una economía dirigida por empresas de Estado, a pesar de que ya en el orbe a nadie convence ese modelo. La imagen, fue la de Esther Zuno, pero las ideas, de Echeverría.
Los que saben leer, advierten en la ley que el problema es de continuidad y no de confiabilidad. Siendo que este último término alude a la habilidad de surtir al sistema de energía, en tanto que el primero tiene que ver con los problemas de intermitencia que hoy se pretenden imaginar como origen de las deficiencias de una red de transmisión y distribución a la que no se la ha invertido. En la mal planeada inversión presupuestaria en el sector, el mantenimiento ha sido el gran ausente.
A pesar de que la Constitución dejó de incluir a la generación como actividad estratégica, los noveles funcionarios pretenden armar un discurso que hace de esta actividad la prioridad de la acción burocrática en la materia. Es evidente que Bartlett, impunemente, ha acudido a los más bajos ardides para retener a la clientela consumidora, aferrándose a un mercado sesgado, producto de décadas de monopolio. Se resiste a cumplir la tarea de dotar al país de una red eficiente de transmisión y distribución. Prefiere hacer malabares con la abusiva gama de tarifas impuesta arbitrariamente, con la que hinca el diente a los usuarios, porque ella le ha permitido sufragar los enormes costos de su ineficiente y setentero aparato, ocultando los incrementos por consumo, en un opaco esquema que le permite cambiar el tipo de tarifa, y con ello, el precio. Lo único barato ha sido el engaño.
Hasta hoy, son las generadoras, a quienes se les obliga a vender casi a costo de producción la electricidad, las que han subsidiado el modelo perdedor que encabeza la CFE. Basta esperar, para que las penínsulas den cuenta de la gravedad del problema.
No ha bastado el innegable fracaso del rescate petrolero, para cejar en el ánimo de derruir lo poco que se construyó con costosa inversión privada. Se pretende, a toda costa, retornar a un diseño que sólo da resultados en la perorata política. Durante décadas, la factura petrolera permitió financiar el garlito de la empresa estatal manejada por inexpertos burócratas, hoy, se pretende que sea el sector privado el que pague la cuenta.
Imposible, pues, no dar peso a la reciente designación del incondicional y sometido “experto” en la dirección del Cenace.
Aseverar que la trayectoria ocupacional de Romero y Bartlett surten el requisito legal exigido para dirigir a las deformes masas que hoy son Pemex y la CFE, resulta el pecado que lleva nuestra pesada penitencia.