Oposición

Un gobierno sin oposición corre el riesgo de convertirse en un gobierno tiránico, que aplasta a las minorías, perdiéndose el equilibrio en la representación política y en las relaciones de poder.

Francisco Guerrero Aguirre

Francisco Guerrero Aguirre

Punto de equilibrio

Históricamente, se ha entendido a la oposición como el conjunto de grupos, partidos, cuerpos legislativos o cuerpos deliberantes que impugnan las actuaciones y propuestas de gobierno. La oposición, la ejercen quienes están en el sector contrario al poder establecido o dominante.

El derecho a la oposición no ha existido siempre y por eso hay que defenderlo y fortalecerlo democráticamente. El derecho a oponerse reconoce la legitimidad del disenso, como contraparte lógica al “consenso mayoritario” que está en el ejercicio del poder.

Ricardo Haro, en su libro Constitución, Poder y Control, señala que la oposición política es de vital trascendencia. Aquí está en juego la legitimidad del sistema y de la oposición “en el sistema”; porque la oposición es “en la democracia” y no “contra la democracia”; es para promoverla y ayudarla, y no para sofocarla y distorsionarla.

La oposición funcionará como contestataria, no del sistema democrático, sino del gobierno. Todo esto “dentro” del Estado e inmerso en el repertorio de creencias válidas de la sociedad política. Así, la oposición debe tener un rol específico de: a) control, b) contestación y c) cooperación.

Un gobierno sin oposición corre el riesgo de convertirse en un gobierno tiránico, que aplasta a las minorías, perdiéndose el equilibrio en la representación política y en las relaciones de poder.

En una democracia pluralista y competitiva, debe existir espacio para todas las voces y que éstas sean plurales, diversas, y antagónicas. Se debe gobernar con la oposición y las minorías, no a pesar de ellas.

Nadie está en el poder para siempre. La alternancia es parte de la democracia, el gobierno pasa a ser oposición y la oposición pasa a ser gobierno. Los triunfos y las derrotas en la arena electoral siempre son temporales y los resultados de cada elección son inciertos.

Soledad Loaeza, en su cuaderno Oposición y Democracia, señala que en la democracia no se trata de ignorar o excluir a las minorías, sino de resguardar sus derechos políticos, entre ellos el de la posibilidad de transformarse en mayoría. La oposición es un componente básico del funcionamiento de las democracias pluralistas.

Es lógico que la oposición busque llegar al poder y para eso requiere definir estrategias políticas válidas, que sean legítimas y democráticas, y procurar convertirse en una opción de gobierno a futuro, esto significa tomar posición sobre la “cosa pública”.

Para Giampaolo Zucchini, existe una relación directa entre los sistemas políticos democráticos y la oposición. La oposición debe ejercerse como un mecanismo de control y límite a las mayorías gobernantes, para defender los derechos de las minorías y como alternancia política de poder.

Una legítima oposición democrática asegura que el gobierno haga las cosas con argumentos y lo mejor posible, sin usar la descalificación y el descrédito.

La oposición también debe cooperar con el gobierno y buscar influir en el mismo, apoyando las acciones o planes que coincidan con sus propuestas. Eso le permitirá conectarse con su base electoral y presentarse como una opción de gobierno en el futuro.

BALANCE

Todavía hay países en la región que se niegan a seguir los estándares internacionales de respeto a los derechos humanos, sujetando a las minorías al poder arbitrario de una mayoría demoledora. A nadie le conviene que la mayoría “abuse" de su poder en contra de la minoría.

El mayor riesgo para una democracia radica en tener una oposición ausente, imperceptible o cooptada.  Cuando se cierran los canales democráticos e institucionales para oponerse, se potencian los caminos hacia la violencia social. Se activa una peligrosa bomba de tiempo, con una detonación incierta.

El ataque y la conspiración como forma de relacionarse entre gobierno y oposición están judicializando la política y  politizando la justicia. Como dice con razón André Gide: “suprimir a la oposición en un Estado o aun impedir sencillamente que se exprese o se pronuncie, es cosa extremadamente grave: es la invitación al terrorismo”.

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