Mi vida en Excélsior

Corría el invierno de 1982. En un café de Montparnasse, en París, Raymundo Riva Palacio, entonces corresponsal de Excélsior en la capital francesa, me habló por primera vez de la posibilidad de sucederlo. El entonces director del diario, Regino Díaz Redondo, lo había ...

Corría el invierno de 1982. En un café de Montparnasse, en París, Raymundo Riva Palacio, entonces corresponsal de Excélsior en la capital francesa, me habló por primera vez de la posibilidad de sucederlo.

El entonces director del diario, Regino Díaz Redondo, lo había llamado de regreso a México para que se encargara de la sección internacional de El Periódico de la Vida Nacional, considerado alguna vez la catedral del periodismo mexicano.

Yo era entonces corresponsal de Radio Educación en París, ciudad de la que me enamoré en mis épocas de mochilero.

Había llegado para cubrir la inolvidable elección  de François Mitterrand, en 1981. París era una fiesta. Allí me quedé.

Fue el año que balearon al papa Juan Pablo II; el del sindicato Solidaridad en la Polonia comunista; el de la muerte de Bobby Sands, miembro del IRA, tras una huelga de hambre de 66 días en la prisión de Maze.

Mi salario rondaba los 400 dólares mensuales. Apenas me alcanzaba para vivir. A veces me veía en la necesidad de cantar con mi guitarra en el Metro de París (estaciones Châtelet y Hôtel de Ville) para completar la semana.

Eventualmente mandé textos para la revista Proceso y reportes para Imevisión (Hoy TV Azteca). Nunca me los pagaron.

Pero era feliz. Rondaba entonces los 30 años. Soltero. Vivía en un cuarto en el barrio 18 de París, habitado mayoritariamente por árabes y africanos.  Muy cerca del metro Barbès-Rochechouart. Comía  en cualquier Mc’Donalds, en el restaurante universitario o en algún árabe del Barrio Latino.

Me encantaba el Cous Cous. Costaba 30 francos el menú. No había euros.

Raymundo, con quien tengo una deuda de gratitud, se había fijado en mí porque siempre me veía activo en los actos que tenían relación con México. Al menos eso fue lo que me dijo.

Para marzo de 1983 ya era corresponsal del periódico. Mi sueldo había subido a 1,500 dólares, más gastos de oficina. Me nombraron de rebote. La corresponsalía se la había ofrecido Regino a José Carreño Figueras, pero afortunadamente prefirió irse a Washington con Notimex.

Mi vida cambió radicalmente. Del barrio 18 me mudé a un departamento de la rue Dauphine, a un paso del Barrio Latino, y a dos cuadras de Pont Neuf, en el río Sena. 

Un pequeño espacio estaba habilitado como oficina. Tenía télex con pantalla. Algo moderno para la época. Me sentí por primera vez como un auténtico corresponsal.

No me alcanzaría toda la página para contar la cantidad de experiencias que viví como corresponsal de Excélsior en la Francia socialista de Mitterrand.

Entrevisté a personajes como Willy Brandt, Felipe González, Adolfo Pérez Esquivel, Édith Cresson, Lionel Jospin, Roland Dumas, Jacques Chirac y Federico Mayor. Futbolistas como Michel Platini;  pintores como Juan Soriano; “terroristas” de la ETA refugiados en el sur de Francia, y a todos los mexicanos destacados que pasaron por allí.

Me fasciné con François Mitterrand, el último estadista del siglo XX. Cubrí las Cumbres de los Siete de Versalles, la del Bicentenario; reuniones de la OPEP en Ginebra, en Viena, de la OCDE; del FMI en Berlín; viajes del papa Juan Pablo II a Polonia, a Estrasburgo; la distensión entre las dos Alemanias.

Pero también revueltas en el País Vasco; negociaciones de la deuda externa en Londres, elecciones en España y Portugal, la fallida cobertura del bombardeo americano a la Libia de Gadhafi.

No olvido mi experiencia con los sismos del 85 en México.

Ese día había ido a una conferencia de prensa de Raúl Alfonsín, entonces presidente de Argentina, en un hotel de París.

A mi regreso me topé con una llamada de Roberto Vizcaíno, corresponsal de Notimex. Fue él quien me dio la impactante noticia. México estaba incomunicado. Los reportes eran alarmantes. Estaban inflados. Llegué a escuchar que Acapulco había desaparecido.  

De madrugada sonó la alarma del télex. Era Juan José Kochen, jefe de la sección económica de Excélsior. Estaba en La Habana. Desde allí me avisó que mi familia estaba bien.

Fue el inicio de una semana sin dormir. La oficina de Excélsior, con télex habilitado, sirvió para enlazar a preocupados mexicanos que querían saber de sus seres queridos, pero también como puente para reenviar los despachos de los europeos que vinieron a cubrir la tragedia.

Regresé a México a finales de diciembre de 1988. El episodio de La Caída del Sistema lo había vivido en la televisión francesa y a través de los diarios Le Monde y Libération. Eso aceleró mi inquietud de volver.

Empezaba el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Fue mi bautizo como reportero de la Cámara de Diputados y de los partidos de oposición.

Casi toda mi vida profesional ha transcurrido en Excélsior. Allí he trabajado desde 1983. Hubo un paréntesis de 2000 a 2006. Me fui primero a Milenio, detrás de Riva Palacio. No duré mucho después de su salida, ocurrida el día que se produjo el 11-S.

El buen Federico Arreola me convenció de quedarme. Pero se fue del periódico detrás de AMLO y yo salí el mismo día por diferencias, ya aclaradas, con Carlos Marín.

Pablo Hiriart y el gran Julio Derbez, ya fallecido, me dieron cobijo en La Crónica y la revista Vértigo.

No tardó mucho en llegar la nueva oferta de Excélsior. Fue en 2006. Los señores Olegario Vázquez Raña y su hijo, Olegario Vázquez Aldir, me querían en la alineación del periódico que recién habían comprado.

Ignacio Anaya, uno de los directivos, me llamó para hacerme la generosa propuesta. El doble de lo que ganaba en Crónica, sin la obligación de dejar Vértigo.

Fui contratado como columnista. Disfruto lo que hago. Seguiré en esta centenaria publicación hasta que me corran o me muera, por una poderosa razón: Puedo escribir libremente.

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