Revolucionario del ritmo
Su obra supuso una revoluciónen las salas de concierto y abrió un sendero para otras tendencias, comoel jazz, pero sobre todo cambió la vidade millones de personas.
El 1º de agosto de 1960, el compositor Ígor Stravinsky llegó a México acompañado de su esposa Vera y del director de orquesta Robert Craft. Hay una foto del maestro ruso, acaso de la época, en la que está sentado en cuclillas cubierto con un sarape y ataviado con un sombrero de paja y lentes oscuros. Craft, asistente y asesor de Stravinsky, pero también su hijo putativo y quien mejor divulgaría su legado artístico, escribió sobre la experiencia, fragmentos publicados en nuestro idioma en la revista Los Universitarios.
“Durante nuestro vuelo a México, Stravinsky habla sobre Maximiliano y Juárez como un tema ideal para Verdi en su periodo de Don Carlos: ‘Imagina la escena con Maximiliano saludando con su sombrero a los soldados que van a fusilarlo, y la escena con Carlota volviéndose loca en el Vaticano’. Esos pensamientos son interrumpidos por un aviso de la aeromoza: ‘Hombres y mujeres pueden usar indistintamente el baño’. En el aeropuerto, Stravinsky es recibido por una comisión de compositores, un destacamento de soldados y varios autobuses repletos de estudiantes. Vamos hacia el Hotel Bamer en un taxi ‘cocodrilo’, llamado así por una fila de dientes puntiagudos pintados sobre negro en torno del carro, aunque sus evoluciones son más afiladas y peligrosas de lo que sugiere su emblema. El chofer disputa el centro de la avenida con un camión cuyos destinos son largos nombres aztecas sintetizados como ‘tls’, ‘tzs’ y ‘xts’ – Tlalnepantla, Azcapotzalco, Ixtapalapa”.
Stravinsky inició en el Palacio de Bellas Artes “su nuevo safari musical”, según anotó en sus diarios el escritor británico Christopher Isherwood, uno de sus grandes amigos. Ciudad de México, Bogotá, Lima, Santiago, Buenos Aires, Río de Janeiro, Brasilia, Trinidad, Nueva York y Venecia formaron parte de esa gira.
Pero fueron varias las visitas de Stravinsky a nuestro país, en el que hizo amistad, entre otros, con el compositor Carlos Chávez y el escritor Alfonso Reyes, y donde dirigió a la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN). En el sitio especializado Música en México se da cuenta de que “una ojeada al libro 50 años de música en el Palacio de Bellas Artes nos muestra que Stravinsky estuvo al frente de la OSN en siete ocasiones: en 1940, 1941, 1946, 1948, 1952, 1960, y 1961. Dirigió principalmente obras de su creación, desde las más emblemáticas (El pájaro de fuego, Petruchka, La consagración…, Juego de cartas, Divertimento del beso del hada, Pulcinella) hasta las menos conocidas (Sinfonía en Do, Sinfonía en 3 movimientos, Dos preludios corales, etcétera)”.
El 6 de abril pasado se cumplió medio siglo de la muerte de Ígor Stravinski (1882-1971). Su obra supuso una revolución en las salas de concierto y abrió un sendero para otras tendencias, como el jazz, pero sobre todo cambió la vida de millones de personas. Es conocido que el estreno de La consagración de la primavera, en 1913, en el Teatro de los Campos Elíseos, provocó el disgusto de un sector del público merced a sus cambios radicales y violentos de ritmo, pero en 1940 sería utilizada para acompañar la parte de la era de los dinosaurios de Fantasía, la película animada de Walt Disney. Con su obra, el compositor ruso agitó las aguas, lo que lo llevó a afirmar: “Mi música la entienden mejor los niños y los animales”.
En su historia de la música del siglo XX, el crítico Alex Ross señala que si otros compositores fueron más allá al momento de revolucionar la armonía, ninguno rivalizó con Stravinsky en el ámbito del ritmo (The Rest is Noise, 2007). En esas páginas se recuerda el impacto que el maestro ruso tuvo con los músicos de jazz, pues “les estaba hablando de algo cercano a su idioma”, en especial la influencia que ejerció sobre el saxofonista Charlie Parker, el genio del bebop. En 1951, en el Birdland, el famoso club de jazz neoyorkino, consigna Ross, Charlie Parker vio a Stravinsky en una de las mesas e inmediatamente improvisó El pájaro de fuego, lo que provocó que el compositor derramara su whisky, preso de la emoción.
En el texto referido al principio, Craft hace mención de que la fama llevó a Stravinsky a boicotear a las iglesias rusas de Hollywood, donde residía, “quejándose de que antes de que terminara de confesarse, el padre ya le solicitaba un autógrafo. El papa Juan XXIII, al final de la audiencia particular con Stravinsky en noviembre de 1958, también le pidió un autógrafo”. Pues sí, la música cambia vidas.
