Realeza separatista
Los millonarios no quieren a los pobres por el riesgo que representa, en cada partido, “perder su inversión”, frase cada vez más escuchada en el ámbito futbolero
Hablemos de futbol. No es común abordar este deporte en la plana editorial de El Periódico de la Vida Nacional salvo, como en el caso de quien esto escribe, se festeje a Pelé o se llore a Maradona o se lleve a cabo una Copa del Mundo, pero hoy amerita destacar el zipizape de clase mundial con la malograda Superliga, encabezada por Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, que pretendía congregar a 12 equipos súper ricos de Europa en un solo torneo, sin el aval de la FIFA, órgano rector del balompié, y con las mociones de censura del primer ministro de Gran Bretaña, Boris Johnson, y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, quien la calificó como “una amenaza al principio de solidaridad y el mérito deportivo”.
Tiene razón Macron. En un partido de futbol el equipo más modesto le puede ganar al más poderoso. En una tarde extraña, el sotanero le corta una racha al líder del torneo. Es lo que llevó al periodista argentino Dante Panzieri a definir el juego como la “dinámica de lo impensado”.
Lo impensable, en todo caso, era advertir este tipo de realeza separatista. Muchos movimientos históricos han surgido por obtener independencia o autonomía, siempre por cuestiones políticas: la libertad, la emancipación social o para tumbar una dictadura. En este caso, los millonarios no quieren a los pobres por el riesgo que representa, en cada partido, “perder su inversión”, frase cada vez más escuchada en el ámbito futbolero. Para darnos una idea del faraónico proyecto, el Madrid, el Barcelona y los dos equipos de Manchester seleccionados para integrar este torneo de élite valen juntos, según Forbes, 17.71 mil millones de dólares. Como en un cuento de Ray Bradbury, Florentino Pérez cumpliría su sueño galáctico llevándose a su equipo y sus rivales VIP a Marte para escapar de un planeta Tierra agonizante. Son los únicos que podrían comprar ese boleto sin retorno.
El futbol se ha adaptado a cada época. Sin embargo, la sobrecomercialización ha descuidado el producto, precisamente el futbol. Sin juego ni aficionados no habría jugo de ganancias. En un notable artículo sobre la Superliga en las páginas deportivas del diario español El País, José Sámano se refirió al asunto: “El futbol no se juega en Wall Street o en la sala de juntas de JP Morgan”. La exclusión es un atentado al “fair play”. “Los poderosos 12 disidentes pretendieron cerrar la mesa de una partida de póker, sólo con algunas caritativas invitaciones a capricho”, continúa Sámano. “Hubiera bastado con presentar un plan ecuménico para pobres, ricos y clase media. Un futbol de todos mejor para todos”.
Pero a la realeza separatista le salió el tiro por la culata. Dos días bastaron para desactivar el proyecto de la Superliga. El pueblo, la afición, principalmente de Inglaterra, el país que inventó el futbol y el libre comercio, salió a manifestar su rechazo.
Los antiguos aficionados del Viejo Continente coinciden en que ir a los estadios ya no es lo que era. Además de los altos precios, señalan que hoy en día les demandan comportarse durante los partidos como si estuvieran viendo una ópera, pero sin frac. Todo, sin embargo, tiene un límite. Es verdad que en Yakarta, Nairobi o San José de Gracia siempre será mucho más fácil encontrar a alguien con playeras del Liverpool o la Juventus que del Wigan o la Fiorentina, pero a la hora de competir en las ligas locales, competencias que auténticamente han dado salida a los llamados “equipos grandes” en el concierto global, debe haber condiciones de igualdad, agradecimiento y humildad. Por lo demás, en el diseño de la Superliga nunca se tomó en cuenta ni a jugadores ni a entrenadores.
Marcelo Bielsa, un prestigioso entrenador argentino que alguna vez dirigió en México al Atlas y al América, tiene una visión pedagógica del juego. En su intervención en un foro, apuntó que, desde su punto de vista, el futbol es una suerte de escape al edén para aquellos que menos tienen. “Todos los demás tenemos un montón de alternativas para recrearnos, pero los más pobres sólo tienen el futbol”, señaló Bielsa, cuyos equipos siempre rechazan especular con el resultado. “La valorización de lo estético es una condición que tenemos los seres humanos vinculada con la sensibilidad que no se puede ignorar, no se puede mercantilizar todo. Todo no puede ser según el mercado, el que gane es vivo y el que pierde es zonzo. La belleza también tiene algo que ver”. La Superliga perdió el partido antes de jugarlo.
