Ni victoria ni esperanza
En la práctica histórica, el estigma social pisotea sin chistar nuestras más elementales leyes. Así le sucedió a la salvadoreña Victoria Salazar, migrante de 36 años asesinada en Tulum por una policía que le puso la rodilla al cuello.
Hubo un tiempo en que exhibir en público tatuajes podía representar un riesgo, o cuando menos una molestia. Hasta principios de la década de los 90 del siglo pasado se decía que cualquier persona tatuada era una señal de que había estado en la cárcel. Hubo quienes lo creyeron. ¿Con quién tatuarse en ese entonces en la CDMX? El Piraña lo hacía en una de las banquetas del tianguis cultural y sabatino de El Chopo. Pasados algunos años, los tatuajes se convirtieron en cosa “más común" y El Piraña y otros colegas pusieron un estudio sobre Miguel Ángel de Quevedo, cerca de avenida Pacífico. De lo marginal a lo comercial, hoy en día hay tatuadores profesionales que tienen su local en Polanco.
Pero durante el antepenúltimo lustro del siglo XX, por ejemplo, la policía del entonces Distrito Federal realizaba rigorosas revisiones “de rutina” a cualquier tatuado que anduviera en la calle por el simple hecho de ir caminando. Eso fue parte de los ecos del 68, época en la que ser joven significaba ser comunista, por lo que las fuerzas del orden debían actuar en automático. En la práctica histórica, el estigma social pisotea sin chistar nuestras más elementales leyes. Así le sucedió a la salvadoreña Victoria Salazar, migrante de 36 años asesinada en Tulum por una policía que le puso la rodilla al cuello.
Hay videos en los que se ve a esta mujer minutos antes de su trágico destino. En una tienda de conveniencia agita un garrafón de plástico vacío, como fuera de sí. Lo que siguió fue un fragmento del infierno en la tierra. A la muerte de Victoria Salazar le siguieron las escenas de los elementos de la ley levantando su cuerpo, esposada, y colocándolo en la caja de una camioneta oficial. ¿Por qué, si Victoria estaba bocabajo, con las esposas a la espalda, una policía le puso con fuerza la rodilla al cuello? ¿Por qué sus compañeros no la conminaron a que dejara de realizar ese acto de fuerza excesiva? ¿Por qué una vez que notaron inmóvil a la detenida no llamaron a una ambulancia? ¿Cuáles son los protocolos policiacos en estos casos? ¿A dónde planeaban los elementos uniformados llevar el cuerpo, sabedores de que fueron grabados?
El abuso policial quedó en evidencia, pero ese abuso habitualmente se comete contra gente que no puede defenderse. Aquí vamos de nuevo: Si esa brutal acción se realizó en público, con gente grabándola en sus aparatos móviles, ¿qué tanto ocurre detrás de las puertas cerradas de las instalaciones de seguridad, con todo y las comisiones de derechos humanos? ¿Qué hubiera pasado con Victoria Salazar en caso de llegar a un separo? ¿La habrían golpeado? ¿Violado? ¿Cuántas horas después le hubieran permitido ejercer su derecho a comunicarse con alguien? Sus familiares, por cierto, se enteraron de su muerte por Facebook, no por las autoridades competentes. Benditas redes sociales.
Supongamos por un momento que en lugar de Victoria Salazar el de los hechos fuera un narcomenudista de la zona, conocido por su actuar violento. O que en lugar de una salvadoreña, una mujer de cabellos dorados y ojos claros sea señalada por alterar el orden. Tiene razón usted. La policía mexicana, en ambos casos, normalmente se hace de la vista gorda. Si hace años los tatuados eran sospechosos por “nocivos”, tener la piel del color de la tierra equivale a recibir otro trato de parte de autoridades y prestadores de servicios ya camino a la tercera década del tercer milenio. ¿Conoce usted situación más lastimosa para un país que le rinde culto a una virgen morena?
La indignación por los olvidados sólo nos importa y compete cuando circula profusamente por las redes. La secretaria de Gobernación y los presidentes de México y El Salvador ya se pronunciaron por el caso de Victoria Salazar. Un trending topic vale más que mil denuncias.
Dicen que los que menos tienen son los que nunca se quejan. Clasismo en estado puro. Quizás se deba a que los que menos tienen andan muy ocupados por vivir al día. También dicen que a todo se acostumbra uno, menos a no comer. Bueno, claramente hay gente que ya superó esa prueba. El segundo nombre de Victoria Salazar era Esperanza. Desde hace unos años vivía en México, donde no encontró ni una cosa ni la otra.
