El enemigo único, una ventaja perdida

Antes era indispensable leer tres o cuatro periódicos para tener un panorama lo más completo posible sobre un mismo tema

La llegada de la internet a nuestra vida cotidiana supuso la maravilla de fin del siglo XX. Dotó de información a los interesados con un simple clic. En un principio, por ejemplo, consultamos cualquier diario o revista del planeta, ofertas editoriales de difícil acceso, o visitamos los grandes museos del mundo para echarle un vistazo virtual a sus colecciones. Los aparatos móviles potencializaron esas posibilidades. Sin embargo, se volvió inconcebible guardar el teléfono móvil durante una reunión social o laboral, o salir de casa sin él. Pero la sobreinformación nos apabulla. Desconcierta tanta cantidad con tan poca calidad. Somos lo que consumimos.

Resulta extraordinario, sin embargo, tener múltiples opciones a la mano para hacer contrapeso sobre nuestras fuentes de información favoritas, ejercicio necesario, piensa quien esto escribe, durante las consultas diarias y ahora vertiginosas sobre política. Antes era indispensable leer tres o cuatro periódicos para tener un panorama lo más completo posible sobre un mismo tema. En México, tradicionalmente, lo que dice el Presidente es “la noticia”, situación que ha aprovechado Andrés Manuel López Obrador al grado de “monopolizar” los datos o los otros datos con sus mañaneras, práctica que le dio resultado durante su gestión como jefe de Gobierno del Distrito Federal (de diciembre de 2000 a julio de 2005) y que asimismo le fuera tan incómoda al mandato de Vicente Fox.

Hablar de que “las posiciones se polarizaron” es tan antiguo como discutir ideologías. En ese sentido, las redes sociales, auxiliares para comentar los dichos y los hechos de nuestros gobernantes y representantes, han facilitado los desencuentros. Evidentemente, las posturas de López Obrador generan una tensión incompresible e innecesaria, como muestran sus comentarios en torno a los recientes casos de Salgado Macedonio y la “suspensión” de un juez a la reforma a la ley de la industria eléctrica, pero la pandemia provocó que el combate se trasladara frente a las pantallas, casi exclusivamente, algunos como decididos protagonistas y otros como simples y en no pocas ocasiones divertidos espectadores del golpeteo, sin nadie dispuesto, o eso parece, como sucede al ver la televisión o escuchar la radio, a apretar el botón de “apagado” o a cambiarle y buscar otras opciones.

La nueva normalidad paró en seco los tradicionales encuentros de discusión: cenas, cafés, fiestas y borracheras, momentos idóneos para los sombrerazos entre opositores y defensores de la 4T, familiares y amigos, chairos y fifís. Pelear en las redes conlleva el riesgo de que cualquier desconocido o conocido a medias se meta a atizar el fuego, lo que no es ni bueno ni malo. Es un hecho.

Acaso esa polarización a distancia nos ha ahorrado situaciones desagradables, como llegar a las manos por imponer o defender ideas, pero habría que tomar en cuenta que una parte importante de la población, esto es, ciudadanos con derecho a votar en elecciones futuras, sencillamente no encuentran interés en lo que algunos advierten como “materia trascendente”.

Por otra parte, para aquéllos que afirman que en nuestro país no hay libertad de expresión o que la censura es la misma, pero con diferentes métodos, convendría reconocer que fue muy cómodo tener de enemigo común al PRI con toda su poderosa estructura perfectamente alineada.

Alvin Toffler, quien supo anticipar lo que ahora es cotidiano, como el acceso libre a la red de redes, decía que el conocimiento es la fuente más democrática de poder. En efecto, leer, informarse, es poder. Pero también decía, defendiendo su campo de estudio, que “ningún futurólogo serio trabaja en la predicción. Ese es el terreno de los oráculos de la televisión y los astrólogos de los periódicos”. A los gobernantes les encanta decir que las cosas van bien y los analistas se llenan la boca para desmentirlos, pero cuando llegan las crisis económicas nadie sabe explicar qué pasó.

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CAJA NEGRA

Desde los años sesenta del siglo pasado, entre bastidores y restiradores, Vicente Rojo (1932-2021) le dio forma a la cultura mexicana. Fue amable con los libros, porque a los libros se les quiere, y figura generosa del arte abstracto mexicano, porque la pintura es un privilegio para la vista (Paz dixit). Tanto por el impacto de su obra como por sus alcances, Vicente Rojo fue un educador visual.

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