La Nave del Olvido
A la sociedad mexicana se le olvidó muy pronto la estructura política que, sin saberlo, armó a partir de los escombros de 1985: la carencia de poderes como una premisa indispensable para un reacomodo de valores sociales
Si tú fueras capaz de ser querido
fueras capaz de olvido y era gloria
al menos la potencia de haber sido.
Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana.
Vamos a ser sinceros.
Mañana sábado las grúas de salvamento y las trocas de cascajo habrán abandonado las zonas más visibles del desastre, que son las de la Ciudad de México y aparecen en la televisión. Los pobres de Morelos no importan: no salen en la tele ni sus casas tenían seis pisos, ni se desploman víctimas de los corruptos contratos de construcción, ni permisos de amistad. Ellos simplemente hicieron sus casas de ladrillos de adobes mal secados.
Todo eso se nos va a olvidar; las portadas de los periódicos y los noticiarios de la televisión y la radio obedecerán a otras urgencias.
El olvido, dice Borges, es la única venganza y el único perdón.
Yo creo que el olvido es nuestro gran peligro. A la sociedad mexicana se le olvidó muy pronto la estructura política que, sin saberlo, armó a partir de los escombros de 1985: la carencia de poderes como una premisa indispensable para un reacomodo de valores sociales. Y la reconstrucción de esos poderes.
A partir del mensaje que la naturaleza nos envió la semana pasada, México tiene un reto ancestral renovado. Vámonos de aquí. Renunciar a la mítica fundamentación de nuestro país y adoptar el modelo que la revolución industrial nos indicó. Eso se llama descentralización. Y Estados Unidos lo entendió a partir de que Henry Ford diseñara la producción en serie. Si Washington es la sede de los poderes ejecutivos y legislativos del país, la economía productiva se disgregó inteligentemente en áreas como Detroit, Chicago, San Francisco, Ohio o Dallas. ¿Qué carajos tiene qué hacer la Secretaría de Marina, la de la Defensa, la de Agricultura, la de Pesca y otras cosas en la capital del país? Naturalmente, que sus cabezas estuvieran al lado de la chiche del poder.
México siguió el camino opuesto, que le habían marcado los líderes de la Revolución: centralizar. Fuera de México todo es Cuautitlán, dicen que dijo el que dijo. La descentralización ha sido una exigencia lógica desde que Carlos Hank me dijo en broma una noche que él tenía la solución al problema del tránsito en la ciudad que gobernaba: un Viernes Santo prohibir que los que se fueron de paseo regresaran a la ciudad. Desde luego que todo esto es imaginaria, de manera especial cuando la aparentemente irreversible decisión de hacer un magno aeropuerto sobre los restos de una laguna frágil e inexistente es la ley.
Me parece que todo se reduce a un problema de memoria. Acordémonos, por lo menos, de Acapulco, que le diría Agustín a María Bonita.
