Te doy peso sobre peso, siempre hasta llegar a dos
El secretario Meade y su jefe tienen que reconocer que México necesita lana.
Me recuerdo que cuando era pequeño y comenzaba a leer los diarios, en las noticias por estas fechas sobre el presupuesto gubernamental a ejercer el año siguiente los encabezados secundarios subrayaban que las partidas más altas en el renglón de los egresos eran las dedicadas a educación y salud. Seguramente era falso, porque de otra manera no estaríamos, setenta años más tarde, con un déficit brutal de escuelas y de maestros eficientes y dedicados, y una salud social precaria, injusta, deficiente, corrupta y demagoga que suma a los escolapios integrados al Seguro Social como nuevos empleos para inflar las estadísticas que visten. De todas maneras, el chiquillo aquel celebraba que el Presidente —porque entonces era la percepción del poder como lo es ahora— se preocupara por la escuela Ignacio M. Altamirano en la colonia Independencia, que no tenía bebederos.
Sigue sin tenerlos.
Hoy, cuando no he podido deshacerme del vicio de leer periódicos diariamente, me entero que el presupuesto que el presidente Peña Nieto ha sometido a los legisladores de nuestro país no contempla recortes a los emolumentos o gastos de los diputados, senadores o las gavillas de asesores, choferes, secretarias y asistentes, ni a los monumentales sueldos de los integrantes del Poder Judicial.
En el presupuesto que diseñó el momentáneamente apestado Luis Videgaray y ahora tiene que defender Meade Kuribreña a costa de lo que sea, las partidas más castigadas con las reducciones de recursos son, precisamente, la educación, las comunicaciones y los energéticos, que siguen siendo parte importante de los ingresos del Estado. Exactamente los factores del crecimiento de cualquier país. Jóvenes capacitados, un país enlazado por caminos, puentes y satélites, y recursos energéticos para mover industria, comercio y campo.
La repetida afirmación de que en los dos años que nos quedan de sufrir a Peña de Presidente no habrá más impuestos ni cambio en los ya existentes es una afirmación demagógica y carente de importancia. Los del poder dicen que hay que reducir la deuda. Eso es muy bueno. Yo también quiero reducir la mía; el asunto es que la deuda pública interna y externa no es mala. En sí, como individuos o como país, deber no es malo ni extraño. El asunto es tener con qué pagar. Estados Unidos debe casi lo que vale, casi el cien por ciento de su Producto Interno Bruto. El asunto es si podemos, como individuos o como país, pagar la deuda. México todavía puede pagarla, pero si seguimos con esta falacia de economía, muy pronto habrá que empeñar las nalgas.
Las del país, que son más valiosas que las nuestras.
El secretario Meade y su jefe inmediato tienen que reconocer que el Estado mexicano necesita lana. Que no tiene más que tres fuentes de dinero: el petróleo, que cada día vale madres, las remesas de los mojados en Estados Unidos que el pinche Trump quiere agandallarse, y los impuestos.
En términos de impuestos, la estúpida política fiscal de Videgaray optó por gravar el trabajo y la inversión por medio del ISR y el IETU, desalentando ambos. Políticamente imbéciles, los economistas de Peña optaron por no gravar el consumo en alimentos y medicinas como se hace en casi todo el resto del mundo. Renunciaron así a una fuente de ingresos cuya ausencia están ahora lamentando. Y de la cual no pueden reponerse, si no es a base de recortar los dineros que le daban a sus cuates en diferentes dependencias. Por desgracia, en las escuelas y los caminos, principalmente.
Bartola ya no puede estirar los dos pesos.
PILON.- Ayer se conmemoró el inicio del siglo XXI. Los calendarios de nuestro tiempo ya no son establecidos en concilios vaticanos o arreglos familiares de monarcas espurios. Nuestras fechas emblema se marcan por los hechos, por las noticias. El siglo XXI comenzó con el desplome de las Torres Gemelas de Nueva York, emblemáticas del poder del dinero (World Trade Center) y la emergencia de un nuevo poder, el del terror. No tiene fecha, no tiene territorios ni otra limitación para sus actos. Si lo queremos o no, cambió totalmente nuestra manera de vivir.
