Send in the clowns

Yo no sé en qué acabó o cómo acabaron con la candidatura del payaso Lagrimita, me dicen que cómico de agudo ingenio, quien en su momento buscara una alcaldía en Jalisco. Seguramente la intrincada maraña de trucos legaloides le impidió hacer carrera política. Su ...

Yo no sé en qué acabó —o cómo acabaron con— la candidatura del payaso Lagrimita, me dicen que cómico de agudo ingenio, quien en su momento buscara una alcaldía en Jalisco. Seguramente la intrincada maraña de trucos legaloides le impidió hacer carrera política. Su colega, Sergio Verduzco, cuyo nombre profesional es Platanito, acaba de fracasar como empresario en un local para espectáculo ligero en avenida de los Insurgentes sur, no es ajeno a una participación en la vida social y política. En Estrella Televisión, una compañía menor en comparación con los líderes Univision y Telemundo en la televisión en castellano en Estados Unidos, lo tiene como su principal estrella. La empresa televisiva, radicada en Los Ángeles, apela al humor urbano, alburero, corriente —diría mi abuela—, que es el tono de comunicación de los inmigrantes del este de Los Ángeles y su cinturón de proletariado tan extenso.

En Guatemala, Jimmy Morales, un cómico de televisión, ha ganado la segunda ronda de las elecciones presidenciales por un arrollador índice de más de 70%, frente a su opositora, que apenas llegó a 27. Debe hacerse notar que el índice de abstencionismo fue enorme, pero la proporción de 70-30 es lo suficientemente grande como para llamar la atención sobre lo que está pasando con nuestra sociedad y nuestro electorado.

Que entren los payasos, parecerían decirnos los votantes. En realidad no. Morales, junto con su hermano, tiene 15 años de mantener un programa cómico que se llama Moralejas y que, desde luego, tiene el tinte del cabaret satírico, que tanto arraigo tiene en nuestros pueblos. Lagrimita, con su procacidad, se envolvía también en causas sociales, de la misma manera que Palillo lo hizo en sus tiempos del siglo pasado y en las carpas que, en más de una vez, lo llevaron a la delegación de policía y, eventualmente, a la cárcel.

No es la comicidad el atractivo; es el hartazgo por lo ya visto, por lo agotado, por lo caduco, lo que lleva a escoger al candidato diferente, al alternativo, al que se parece más al yo cotidiano. Eso explica el triunfo de El Bronco en Nuevo León. Los trastabilleos, recules y enmiendas del norteño en el gobierno documentan que, una cosa es ser opositor vociferante ante el régimen y, otra muy difícil, es ocupar su lugar.

Ejemplos de los iluminados diferentes hemos tenido muchos y muy atemorizadores: iluminado fue Adolfo Hitler frente a la fracasada República de Weimar. Iluminado fue Juan Domingo Perón. Iluminado es hoy Andrés Manuel López Obrador. La política es algo demasiado serio para dejarla en manos de la política, dijo algún sabio hace tiempo. La política es algo demasiado cómico para dejarla en manos de un comediante.

El arte de gobernar requiere no solamente actitudes de sacrificio populista y votaciones por aclamación en mítines multitudinarios en los que la masa oculta toda posibilidad, precisamente, de divergencia, de singularidad, de individualidad razonada y razonable.

Es cierto que los políticos viejos nos han fallado; hay un expresidente guatemalteco en la cárcel. Pero eso no es garantía de que, en automático, los políticos nuevos serán mejores.

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