Por una cabeza

No es infundado decir que el periodismo en México, en lo que a televisión se refiere, es uno antes y otro después de Jacobo Zabludovsky.

Tiene la muerte esa virtud sarcástica: todos los olvidados pasamos por un momento a un primer plano de la memoria colectiva, y adquirimos una amnistía a nuestros vicios para que nuestras virtudes salgan, aunque sea por un momento, a la luz. No hay muerto malo.

Ayer se me murió don Jacobo Zabludovsky. Junto a don Ricardo y Emilio Azcárraga Milmo, era el padre que me faltaba de morir. Tanto se ha dicho de él que quisiera dejarlo descansar en paz de tanto elogio merecido. También del vituperio cruel. En las llamadas redes sociales, que de social tienen solamente el anonimato, he leído que le llaman lacayo del sistema, palero del gobierno, mentiroso del 68 y otros. Jacobo fue, simplemente, un excelente ser humano. Con todos sus atributos y todos sus defectos.

Primero: el atributo involuntario de ser hijo de inmigrantes. Don David, su padre, había nacido en Zabludow, muy cerca de Bialystok, casi Rusia, en el este de Polonia. De ahí el patronímico. Y tal vez de ahí el oficio, mercader en telas, dirá el récord. Comerciante en retazos, dicen los vecinos de entonces, en aquel barrio que se extiende detrás del Palacio Nacional. Hoy, cuando un imbécil, ofuscado por el dinero que parece abrumarle, insulta a la inmigración mexicana que, como muchas otras —entre ellas la de su propio abuelo—, ayudó a forjar la grandeza de un país que, por cierto, quiere gobernar, vale la pena rendir homenaje a las inmigraciones que forjaron, generosas, la América que Donald Trump desconoce y todos vivimos.         

Luego, como el más excelente de todos los autodidactas que yo conociera —no importa el diploma de abogado que le dieran,  ya tarde en la UNAM— Jacobo me descubrió, entre otras cosas, que la universidad, si algo nos enseña, es a buscar el conocimiento.

Sólo lamento que su febril afán de lector no conozca mi próximo libro.

Su talento fue incesante. No es infundado decir que el periodismo en México, en lo que a televisión se refiere, es uno antes y otro después de Jacobo Zabludovsky. Hasta el surgimiento del noticiario 24 Horas, los “noticieros” eran, precisamente, una sucesión de noticias. Para muestra, un  excelente locutor, Gonzalo Castellot, sentado ante las cámaras, leyendo, pausado, las páginas del diario Novedades. Y del otro lado, Jacobo, siguiendo el patrón de los norteamericanos e inventando el periodismo televisivo en nuestro país.

Luego, la generosidad; no hay protagonista importante de los medios electrónicos en nuestro país que no haya pasado por el aula, la oficina, de Zabludovsky y que no lleve encima un consejo, una reprimenda, o una orientación del judío. Se pueden apellidar Cárdenas, López Dóriga, Micha, Cacho, Cortés o Beteta, lo cierto es que todos pasamos por ahí.

Finalmente, la humildad. Jacobo entendía, precisamente, que el periodista está obligado, por definición, a saber de todo, aunque sea un poco. Aunque la extensión de esa laguna fuera en demérito de su profundidad. Recuerda siempre —decía — que del otro lado de la pantalla, hables de lo que hables, así sea plomería, política internacional, medicina o costura, que siempre hay alguien que sabe más que tú.

Con don Emilio, igual que sucedía con Jacobo, estuvimos ante un personaje a quien nunca pudimos hablarle de tú, como ahora es uso cotidiano con los hombres del poder, por parte de los que tienen acceso a un micrófono. Siempre nos dirigimos a ellos como don Emilio y como licenciado Zabludovsky. Pero hoy quiero romper esa regla y hablarle, a Jacobo, de tú.

Sabes, Jacobo, que la muerte de un ser querido nos recuerda siempre la condición nuestra de mortales: por eso nos duele, porque nos recuerda que nuestra muerte se acerca. Sólo quiero decirte que en la carrera hacia la muerte me ganaste, por una cabeza.

PILÓN.- Jacobo Zabludovsky no existiría en la plenitud de su genialidad, de no haber tenido detrás a Sara Nerubay Lieberman, su compañera de toda la vida, madre de sus hijos, abuela de sus —afortunadamente— numerosos nietos. Vaya, para mamá Sara, todo el cariño del mundo.

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