Que vengan los bomberos
Los horarios los cumplió; la tarea era más difícil. Conseguir trabajo en este país es tan difícil como encontrar un partido político decente.
Toda esta parte de mi columna, hoy, es casi totalmente producto de mi imaginación.
Salvador Alatorre no fue nunca un buen muchacho, dice su abuela. No es que fuera tonto, pero faltaba a clases por andar en eso de los videojuegos y las maquinitas. Un día su papá le dijo, como nos dijeron todos los papás de este mundo, que su casa no era hotel, y que si quería seguir durmiendo ahí, había horarios y obligaciones.
Los horarios los cumplió; la tarea era más difícil. Conseguir trabajo en este país es tan difícil como encontrar un partido político decente. Sin oficio ni beneficio, como sigue diciendo la abuela, sin prepa, Salvador cachó una chamba en la gasera Nieto. Su trabajo era asistir a su jefe Carlos Chávez —retengamos el nombre— en el abastecimiento de gas a los clientes. En esencia, eso era llegar a la toma de entrada del cliente en su tanque estacionario, y embonar sin problemas ni fugas la manguera que venía de la pipa a la toma de entrada. Su compañero Julio César Martínez cuidaba del embone entre la pipa y la manguera de distribución. El jefe de ambos, Carlos Chávez, que conducía el vehículo, vigilaba el abasto y, obedeciendo a una maquinita contadora, imprimía el monto del consumo y eventualmente cobraba la factura.
No era el caso esa mañana. Desde hace ocho años, la gasera Nieto, de origen guanajuatense y vinculada estrechamente a los hermanitos Bribiesca Sahagún, tiene la exclusividad de abasto de gas en el Distrito Federal y sus hospitales, y cobra facturas cíclicas, no en el sitio de la entrega.
Esa mañana, Salvador llegó a la subestación Tláhuac y checó su pipa placas KW 829070. Se fueron, tanque lleno, a su primera entrega: el Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa. Cuando el camión cruzó la rampa de entrada, Salvador escuchó un ruido raro. Pero se fue a embonar la manguera de su pipa a la toma, como era su obligación. A los pocos segundos, comenzó a sentir el “picor” del gas en las narices. El gas, inodoro, recibe una dosis de aromatizante incómodo para que podamos detectar su presencia en fugas. “Huele a gas” es una expresión coloquial cuando algo anda mal.
Salvador le informó a Carlos, su jefe, que ya se las había olido. Los dos, junto con Julio César, trataron de ubicar y contener la fuga de gas con trapos y manos. Carlos reportó el problema al hospital. El hospital dio voz de alarma. De ahí que se presentara pronto un carro de bomberos en los minutos fatídicos y, principalmente, que se iniciara la evacuación del hospital. La tragedia pudo ser mayor. Lo demás es historia tantas veces narrada, de heroísmo y de negligencia. Ni Salvador ni Julio César ni Carlos tienen alguna responsabilidad en la revisión de las válvulas, conexiones, mangueras, vehículos o condiciones de seguridad del trasiego de sustancias peligrosas, como quedó demostrado.
Hasta aquí mi literaria creación. Lo que sigue es realidad.
Cuando esto escribo, los periódicos me informan que Julio César Martínez y Salvador Alatorre han sido puestos en libertad. El chofer de la pipa, que no es accionista de Gas Express Nieto, Carlos Chávez, sigue en la cárcel. Será acusado, si le va bien, de homicidio imprudencial y de lesiones.
¡Viva la justicia mexicana!
