Las máscaras del desastre
Un México enlutado que no se rinde y que lucha cobijado por una enorme solidaridad ante el brutal embate de una naturaleza enfurecida, que se duele del daño constante que sufre a manos de “la civilización”
Vivimos, como el resto del planeta, una coyuntura decisiva y mortal,
huérfanos de pasado y con un futuro por inventar. La Historia universal
es ya tarea común. Y nuestro laberinto, el de todos los hombres.
Octavio Paz.
Días recientes que han ensombrecido al mundo, desastres naturales que no dan tregua y que se suman a la inquina humana en guerras insensatas, terrorismo bestial, delincuencia imparable, mezquindad humana ataviada de política corrupta e impune.
En junio pasado, Trump se mofó del calentamiento global (en 2009 llamaba a su combate) y sacó a EU del Acuerdo de París.
El 24 de agosto el huracán Harvey azotaba las costas texanas y devastaba Houston (más de 40 mil casas dañadas) poco después, Irma (la tormenta más poderosa del Atlántico de los últimos años que dejó daños billonarios en la Florida), y ahora María con su trayectoria de destrucción en el Caribe, destrozó Dominica, Antigua y Barbuda, al tiempo que Trump declara un enorme desastre en el Estado Libre Asociado Puerto Rico y ordena fondos federales para su recuperación, su mortal trayectoria continúa su paso por Guadalupe, Haití, Dominicana y Bahamas.
México no terminaba de hacer el recuento de pérdidas humanas y materiales ocasionadas por el terremoto de 8.2 grados Richter, el más poderoso registrado en los últimos cien años, el pasado día 7 en Chiapas, Tabasco y Oaxaca.
A la dolorosa pérdida de vidas humanas y daños materiales se sumó la ignominia de millones de mexicanos que viven en situaciones precarias que habiendo perdido esa miseria callada y lacerante perdían todo y la nada se adueñaba de su futuro.
Cuando con la pesadumbre de la muerte y la devastación México tímidamente celebraba sus fiestas de Independencia, ensimismados con la máscara de la sonrisa (escribiría Paz) celebración parca que no podía omitirse, más bien recuerdo de héroes que nos dieron “Patria y Libertad” mientras tantos otros héroes anónimos, volcados con el corazón apasionado rescataban vidas de los escombros, curaban heridos o alimentaban a los hambrientos no sólo de alimento también de seguridad, sedientos de agua y de justicia, en este México nuestro de laberintos, ese del “laberinto de la soledad” que muchísimos mexicanos estamos empeñados en abandonar.
El juego trágico de los dioses, de aquéllos que llegaron del Aztlán, no se hizo esperar y el 19 de septiembre pasado, como maldita profecía, la tierra rugía en cruento recuerdo de lo que ya había cobrado hace 32 años.
Con más furia, desdeñando la cultura de la prevención, (un par de horas más tarde de haberse realizado un simulacro) asienta el golpe mortal de un México que ya se dolía intensamente con la pérdida de sus niños, de sus viejos, de sus mujeres, de su gente, de sus esperanzas e ilusiones.
La respuesta fue la solidaridad de la gran mayoría de mexicanos que se volcaron en muestras de apoyo hasta la extenuación, “El Laberinto de la soledad” quedaba atrás y daba paso a la ayuda de tantas naciones amigas.
El lado oscuro, muy menor por cierto, lo fueron aquellos sujetos que se aferran a su orfandad moral y afrentan la noción más elemental del humano, no dejaron pasar la oportunidad de aprovecharse del miedo colectivo, de la incertidumbre, vamos, de la pesadumbre de la muerte y dejaron correr su miseria de alma, cometiendo delitos con clara traición a la solidaridad que se vive en estos momentos de dolor indescriptible.
Aquéllos que mienten y generan caos y desconfianza con falsas aseveraciones e infundios sobre una situación de sí muy penosa, la sociedad entera los repudia, tanto como a aquéllos “luchadores sociales” esos, que en tiempos de tranquilidad bloquean las calles y destruyen comercios, que agreden a las fuerzas del orden y se esconden en el anonimato injuriándolos sin razón, sí, a esos que hoy vemos cargar piedras mano a mano, con una sociedad dolida que reconoce que sin su esfuerzo y entrega hubieran muerto, así como estos luchadores (sic) hacen mítines, mitos y mitotes (Vasconcelos) pudieron haber ayudado a este enorme pueblo, cuántas vidas más se hubieran salvado.
“Mientras ‘según ustedes’ los represores soldados ayudan a la población, ¿dónde han estado ustedes bola de sin vergüenzas de la Sección 22 de la CNTE que no se han molestado ni siquiera en levantar un escombro?”. (Fragmento de la carta dirigida a la Sec 22 del CNTE por Carlos Alazraky).
La gran lección de estos desastres es que somos en mayoría un pueblo unido, con un espíritu y moral de fortaleza que no permite y no deja que sus hermanos sufran y mueran, sin antes entregar todo.
APOSTILLA.— Fuerzas Armadas de México, Policía Federal: A la gran mayoría de mexicanos que sabemos que nuestra nación está destinada a la grandeza de su futuro, a expulsar la corrupción (pésima constructora) y la impunidad, a recobrar la seguridad de nuestras familias, a crecer en armonía y en paz, no nos extraña su fibra y coraje, su inquebrantable lealtad a nuestra nación, pero no deja de sorprendernos que siempre hacen un espacio para ser mejores... ¡Gracias!
