Reflexión

Por primera vez agradezco estos últimos días que por ley están destinados a la reflexión previa a la jornada electoral de hoy. Como muchos, necesitaba realmente un espacio de silencio en medio del descomunal ruido que significó la campaña, no sólo para descontaminar ...

Por primera vez agradezco estos últimos días que por ley están destinados a la reflexión previa a la jornada electoral de hoy.

Como muchos, necesitaba realmente un espacio de silencio en medio del descomunal ruido que significó la campaña, no sólo para descontaminar mi propia percepción respecto de la decisión de este día, sino para poder ver lo que pasó en retrospectiva y así proponer una prospectiva.

Podrá parecer raro pero, en medio de la guerra de lodo que libraron los contendientes, de la estremecedora violencia que cobró decenas de vidas de políticos, de la atípica cantidad de candidatos que renunciaron a llegar al final de la carrera —incluida una aspirante presidencial—, no todo el panorama es oscuro.

Como nunca antes, el tema electoral estuvo presente activamente en la conversación cotidiana. Muchos hogares y espacios de convivencia replicaron el clima de encono que reflejaron las redes sociales. Pero también, afortunadamente, hubo mucho espacio para el debate argumentado y, por qué no, para el humor. Convertir cada episodio ríspido en meme fue un muy agradecible factor de distensión.

Fue más una campaña de ocurrencias que de propuestas. De ideas simples convertidas en banderas, más dirigidas a emocionar que a convencer. De una extraña competencia en la que no se intercambiaban ideas, sino presunciones de ser el puntero o el segundo lugar. De intentos por resucitar las campañas negras del pasado, pero que en esta ocasión parecieron influir poco. De renovados formatos en los debates presidenciales que sí hay que ver como un avance contra el acartonamiento.

Como ocurre en cada proceso electoral, volverán a asomarse intentos de reformas que retomen la idea de instaurar segundas vueltas, de revisar la utilidad de los periodos de precampañas, sus restricciones, el financiamiento, el papel de las encuestas, las fórmulas para la integración de coaliciones y cuanta queja surja, sobre todo, de los perdedores.

Pero, por lo pronto, hoy, el ruido quedó atrás. Ya sin spots, sin dirigentes partidistas copando cuanto espacio de análisis ofrecieran los medios, sin bombardeo de alegatos, el elector llegará a la casilla a ejercer su voto. Solo, frente a la urna, cubierto por una cortinilla, estará en el momento más íntimo de la mayor trascendencia pública.

Lo que es seguro es que, con independencia del resultado final, un nuevo país emergerá, y es responsabilidad colectiva que sea uno mejor.

Los actores políticos, por supuesto, están obligados a trascender la retórica incendiaria y a demostrar voluntad de concordia para acordar —esperemos que ahora sí— una agenda incluyente de transformación.

Esto implica voluntad de tender puentes por parte de los ganadores y operación cicatriz en el interior de los derrotados. No será fácil porque la propia integración de coaliciones avizoraba desde antes disputas por la integración del Congreso. Recordemos que, además de los procesos federales, en las entidades se configurará un nuevo mapa geopolítico con muy probables cambios de fuerzas hegemónicas en gubernaturas, congresos locales y ayuntamientos relevantes. Será indispensable, como nunca antes, madurez para convertir tal diversidad en energía transformadora y no en pretexto para el caos.

Y no debemos olvidar, tanto ciudadanos como clase política, que los ojos del mundo estarán puestos hoy y los próximos días sobre nuestra nación por su importancia en el concierto global. Con todo y sus terribles desigualdades, el flagelo de la violencia del crimen organizado y otros hándicaps en contra, México ha proyectado desde hace décadas una imagen de estabilidad y solidez institucional que no siempre apreciamos en su debida dimensión. Cuidarla, sostenerla y fortalecerla es triple misión obligada.

Esta reflexión, tras tres días de desintoxicación de campañas, es resultado de un pensamiento frío y calculado, pero no exento de emoción. No pretendo que renunciemos al entusiasmo o pasión que nos despierte determinado candidato o fuerza política. Tampoco que evitemos la animadversión, una energía que puede evolucionar hasta convertirse en oposición crítica. Sólo pido que no dejemos de razonar un minuto en el peso que tendrá el sufragio de este domingo.

Sentimientos y razón se conjugarán hoy en una decisión histórica en la que mi mayor deseo es que México gane... y, si se pudiera, también en el futbol.

                Twitter: @Fabiguarneros

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