Y retiemble...
Literal y metafóricamente, México recibió una fuerte sacudida la noche del jueves, que lamentablemente ha dejado secuelas de dolor, pero que también mostró parte de lo mejor que hemos construido. Al igual que en 1985, un terremoto nos azota en septiembre. El mes en ...

Fabiola Guarneros Saavedra
Mensaje directo
Literal y metafóricamente, México recibió una fuerte sacudida la noche del jueves, que lamentablemente ha dejado secuelas de dolor, pero que también mostró parte de lo mejor que hemos construido.
Al igual que en 1985, un terremoto nos azota en septiembre. El mes en el que festivamente exacerbamos nuestro nacionalismo. En el que refrendamos nuestro apego a la tierra, la música, la comida, las tradiciones. Más por vocación pachanguera que por auténtico espíritu independentista. Pero, a diferencia del de hace 32 años, esta vez el golpe llegó antes de la fiesta para ensombrecerla.
El temblor de 8.2 grados Richter agitó cuerpos y conciencias de muchos a quienes despertó. Otros siguieron durmiendo sin sentir cómo se mecía el piso. Evocó las peores escenas de quienes vivieron el movimiento telúrico de hace tres décadas. Provocó temor, pero activó la precaución.
El terremoto se ensañó sobre los estados del sureste, particularmente sobre Juchitán y Matías Romero en Oaxaca, donde dejó el mayor número de muertos y provocó más destrucción. Convocó de nueva cuenta a la solidaridad mundial, que en redes sociales se expresó con los hashtags #PrayForMexico y #FuerzaMexico. Y fue también motivo para declarar tres días de luto nacional.
Por supuesto, mucho habrá que hacer para aliviar el dolor de las familias afectadas por el sismo. Y, por supuesto, de entre los escombros emergerán las historias que dieron lugar a la tragedia. La pobreza será un protagonista recurrente, sin duda. Pero también aflorarán las historias de cómo fueron construidos aquellos inmuebles que colapsaron, y terminará por saberse todo aquello que no se hizo bien. La corrupción, sempiterna presencia, también dará de qué hablar.
Pero, en medio del luto, hay luces que me hacen seguir creyendo, y no me refiero a aquellas que se dejaron ver en el cielo justo cuando ocurría el temblor (pero pueden ser una buena metáfora), sino a la bandera nacional que una persona hizo ondear en medio de los escombros del Palacio Municipal de Juchitán.
Una de esas luces que vimos la noche del jueves fue la que cada vez más arraiga la cultura de protección civil. Ya sabemos cómo actuar sensatamente frente a este tipo de eventos, sobre todo los habitantes de la Ciudad de México. La alarma sísmica funcionó y los protocolos se siguieron con efectividad. La capital del país salió prácticamente ilesa, y hay que suponer que esto es también porque las construcciones de edificios se han apegado a normas que les permiten resistir movimientos de tierra intensos, como el del pasado jueves. Mucho se aprendió de 1985.
En aquel año no existían redes sociales, pero todos oímos algún chiste relacionado con aquella tragedia. Las comunidades virtuales contemporáneas de nuevo hicieron emerger ese rasgo muy mexicano, que esta vez se expresó en forma de memes donde el bolillo fue un actor muy socorrido.
La circulación de estas bromas fue blanco de críticas. Comprensibles, sí, porque no se vale burlarse del luto de una persona en desgracia. Pero, desde otro ángulo, esta actitud fue vista con simpatía por muchos usuarios de Twitter y Facebook, porque quizá haya pocos pueblos en el mundo como el nuestro que encuentran el lado amable en las horas difíciles, y porque quizá éste sea otro mecanismo de sobrevivencia para contrarrestar la adversidad.
Septiembre. Temblor. México. Es probable que el destino de nuestro país haya quedado marcado desde aquella estrofa del Himno Nacional que reza “y retiemble en sus centros la tierra”, y por eso en este mes la propia tierra nos quiera mecer para mover algo en nuestro interior.
Es inevitable que, ante el inesperado comportamiento de la naturaleza, tratemos de hallar alguna explicación metafísica a este tipo de fenómenos. En la conversación cotidiana no falta quien trate de descubrir si detrás de un sismo se encierra un mensaje, algo que debemos aprender.
Habrá otros, como la secretaria de Acción Juvenil del PAN en Guanajuato, Briseida Magdaleno González, que piensan ya en la sucesión de 2018 y hacen bromas de mal gusto, como la que puso en sus redes sociales: “¡Confusión, no fue sismo, es el PAN #Rumboal2018! #VamosConTodo”.
Si se me permite especular con la materia política, algo querrá decir que el suelo se haya movido minutos antes de que comience formalmente el proceso electoral que concluirá con los comicios presidenciales de 2018. El destinatario de ese mensaje es una clase política que debiera tomar nota de que, en las peores circunstancias, los mexicanos saben sacar la casta. Ojalá los partidos, los aspirantes presidenciables, los legisladores hayan sacudido sus consciencias o despertado con la sacudida para aprender un poco de la nobleza del ciudadano mexicano y estar a la altura de ellos.
DM
Abrazo solidario a mis paisanos de Juchitán. Lamento desde mi corazón lo sucedido y mis oraciones están con ustedes. Yo no nací ahí, pero me siento hija de Juchitán por derecho de sangre (como argumentó Porfirio Muñoz Ledo en 1991 para contender por la gubernatura de Guanajuato). Mi abuelo Fernando nació y murió en Juchitán; por él aprendí a conocer y amar esa tierra del Istmo de Tehuantepec. En el mercado aprendí a comprar totopo, camarón seco, queso fresco, champurrado y tamales. Me gustaba subir al primer piso del mercado, porque ahí compré mi primer huipil (bordado con la clásica flor juchiteca), la enagua y mis aretes de oro. En el bar Jardín aprendí con don Fer a tomar mezcal y botana de chapulines. Y la primera estación de trenes que conocí fue la de Matías Romero, ahí vivía la madre de mi abuelo, doña Pancha Marín…