2018: ¿desenlace de la “madre de todas las batallas”?
Hoy arranca el proceso electoral 201718, lo que pasará de noche para la mayoría de la gente. Ante el descrédito de los partidos, los políticos y las instituciones, el insultante gasto de las elecciones sólo el INE pidió 25 mil millones de pesos y el costo total ...
Hoy arranca el proceso electoral 2017-18, lo que pasará de noche para la mayoría de la gente. Ante el descrédito de los partidos, los políticos y las instituciones, el insultante gasto de las elecciones (sólo el INE pidió 25 mil millones de pesos y el costo total ascenderá a 40 mil millones), y la corrupción, la ciudadanía abomina de la información política. Sin embargo, el asunto es crucial, dado el estratosférico despilfarro electoral (que pagará el contribuyente), y por lo que hay en juego, 3,416 cargos públicos, y, sobre todo, el destino del país y de nuestra incipiente democracia, tan cuestionada como imperfecta, pero sin la cual, no se gozaría del clima de libertades, que sólo se valora cuando se pierde.
Además de la Presidencia de la República, se renovarán: el Congreso federal, ocho gubernaturas (Chiapas, Guanajuato, Jalisco, Morelos, Puebla, Tabasco, Veracruz y Yucatán), 27 legislativos locales, alcaldías en 25 estados, la Jefatura de Gobierno de la CDMX y se elegirán sus nuevos alcaldes y concejales. Un apetitoso botín para los partidos, que no les importa violar la ley y burlar al árbitro electoral, con tal de quedarse con aquel, dejando en un último lugar el servicio a la nación.
Los procesos electorales son inequitativas contiendas y cochineros de corrupción, narcopolítica y campañas sucias: fluyen millones por debajo del agua (sin fiscalización ni sanción); proliferan narcocandidatos, pero duras condiciones para los independientes; prevalecen los actos anticipados y el lodazal de ataques sobre las propuestas constructivas. Revelando así, el fracaso de la sobrerregulación comicial (“el que hace la ley, hace la trampa”) y de las autoridades electorales para hacer valer el marco jurídico, perdiendo autoridad, eficacia y credibilidad.
Ello ha sido aprovechado por AMLO, quien en este sexenio siguió con “la madre de todas las batallas”, su perpetua campaña para llegar al poder cueste lo que cueste. Al adelantar la sucesión presidencial seis años, el tabasqueño violó la ley y tomó una impune e inequitativa ventaja sobre los demás aspirantes (mayor cobertura mediática, proselitismo político, etc.); se vende como supuesto candidato “antisistema”, al comportarse como francotirador del gobierno, el Congreso, el INE, el TEPJF, los demás partidos y sus candidatos, todos ellos, según él, “pertenecientes a la mafia del poder“. Empero, es obvio que el expriista y Morena han sido participantes y beneficiarios del establishment, y que han sido responsables de desgobierno y corrupción en alcaldías y delegaciones, con graves implicaciones (asesinatos, desapariciones, etc.).
Si AMLO ha polarizado y crispado el clima político durante el sexenio como estrategia para preparar la “batalla final” en el 2018, su demagogia populista y dedazos exhiben sus verdaderos planes en el poder: al grito de “mandar al diablo a las instituciones”, dar un fujimorazo para tener un Congreso a modo, y así restituir el presidencialismo autoritario; establecer su reelección; y reinstaurar el estatismo patrimonialista. Las pruebas: su mesianismo y autoritarismo como jefe de Gobierno capitalino y dueño de Morena; sus dirigentes y asesores (Polevnsky, Ackerman, Díaz Polanco), partidarios de Maduro; sus aliados corporativistas (CNTE, SME, bejaranos, etc.), entre otras.
El Frente Amplio y la inminente ruptura monrealista rompen el script de AMLO: impedirán que se beneficie de la fragmentación del voto, y gane la “madre de todas las batallas” aunque no será su final, porque volverá a reclamar fraude.
ENTRETELONES
La guerra electoral llegó para quedarse en el Congreso.
