Salvar a Grecia, no al populismo
El pasado domingo en histórico referéndum sobre el rescate financiero de Grecia, 61% de los consultados se opusieron a mayor austeridad, recortes presupuestales, aumentos de impuestos, privatizaciones, entre otras medidas. El primer ministro Alexis Tsipras descartó que ...
El pasado domingo en histórico referéndum sobre el rescate financiero de Grecia, 61% de los consultados se opusieron a mayor austeridad, recortes presupuestales, aumentos de impuestos, privatizaciones, entre otras medidas. El primer ministro Alexis Tsipras descartó que el referendo fuera para salir del euro y chocar con Europa, sino que era “un mandato para fortalecer la posición negociadora y encontrar una solución viable”.
Se interpretó como un “triunfo de la democracia y el nacionalismo” frente al “yugo financiero neoliberal”. Sin embargo, fue evidente que Tsipras convocó a un referéndum sesgado hacia el “No” para obtener el “voto de confianza” a una decisión que ya estaba tomada. “Fortalecer la capacidad negociadora” significa chantajear a los acreedores (Alemania y Francia, sobre todo) con un supuesto “escenario apocalíptico”: si se hunden los bancos griegos, también se hundirán los socios europeos, y las pérdidas serían enormes para Europa y el mundo…
Desde el 30 de junio, Grecia quedó en default al dejar de pagar al FMI mil 600 millones de euros: las consecuencias inmediatas fueron el “corralito” griego, el pánico de sus acreedores y una intensa turbulencia en los mercados financieros, pegándole a las principales bolsas y monedas del mundo, entre ellas, el peso mexicano, que ya rebasa los 16 pesos por dólar. La situación puede empeorar, porque el 20 de julio Grecia tiene un vencimiento con el Banco Central Europeo y, de no cubrirlo, será inevitable el grexit, la salida del euro, el colapso bancario, el caos económico…
Grecia ingresó a la Unión Europea en 1981 y se benefició del mercado unificado, la libre circulación de capitales y servicios, políticas, programas e instituciones comunes, el crédito, la cooperación, la ciudadanía europea y los ingresos compensatorios. Con su incorporación a la zona euro (2001) se incrementaron las responsabilidades: el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza (2012), los comprometió a finanzas públicas saneadas y sostenibles, a un déficit público que no excediera el 3% del PIB, a la “regla del equilibrio presupuestario” y a reformas estructurales, por ejemplo, en caso de déficit excesivo, como en Grecia, que en 2004 su deuda externa superaba el 110% y hoy el 175% del PIB.
El endeudamiento hizo de Grecia adicta al crédito (su deuda asciende a 340 mil millones de euros), y lo peor es que los recursos no se invirtieron productivamente ni para resolver la problemática social (una cuarta parte de la población está en el desempleo). El gobierno es un barril sin fondo, y a costa de los contribuyentes europeos: ahora pide más dinero y lo grave es que Tsipras no garantiza nada, por el contrario, su nacionalpopulismo es una amenaza por el precedente que representa para otros países en similar situación.
Salvar a Grecia es apremiante para evitar mayores quebrantos y porque está en juego la credibilidad y la viabilidad del euro, el riesgo de contagio y el proyecto europeo (o que entré en la órbita de Rusia), la volatilidad internacional, el alza anticipada de las tasas de interés en Estados Unidos, etc. Se puede ceder en aplazar los pagos y recortar deuda, no así en la austeridad y en las reformas estructurales, a fin de que el rescate no se traduzca en avalar a Tsipras, y que no cunda el mal ejemplo en las naciones donde gobiernan populistas morosos y globalifóbicos o que aspiran a serlo, como Podemos en España y Morena en México. La cumbre europea del domingo será decisiva: en Tsipras estriba la responsabilidad histórica de que Grecia no se convierta en un Estado fallido.
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