Política y diversidad sexual
El voto de los colectivos LGBTTTIQ+ es pequeño, no pesa electoralmente. Está disperso en todo el país y además está dividido. Por eso los sufragios de la diversidad sexual nunca van a definir una contienda electoral. El valor político de las sexualidades disidentes no ...
El voto de los colectivos LGBTTTIQ+ es pequeño, no pesa electoralmente. Está disperso en todo el país y además está dividido. Por eso los sufragios de la diversidad sexual nunca van a definir una contienda electoral.
El valor político de las sexualidades disidentes no aparece en las urnas sino en su muy estructurada agenda que impulsa los derechos humanos, la promoción de la salud sexual, la lucha contra la discriminación y -de forma particular- la defensa de la autonomía del cuerpo, así como el derecho de toda persona a elegir su expresión de género.
Con estos principios las comunidades han contribuido a definir el perfil de la moderna sociedad mexicana, apuntalando atmósferas de tolerancia e inclusión. También han configurado una plataforma legislativa e impulsado políticas públicas que benefician a otras poblaciones de forma interseccional. Algunos ejemplos:
1.- La lucha de los homosexuales contra el sida ha fortalecido el principio constitucional de protección de la salud y contribuido a establecer una agenda federal de no discriminación.
2.- Las lesbianas enriquecieron la agenda feminista, ampliando el horizonte de la perspectiva de género y respaldando la lucha contra la violencia machista, así como el derecho a decidir.
3.- Las personas trans rompieron el binarismo de género y consecuentemente en varios documentos oficiales como el acta de nacimiento, la credencial de elector y el pasaporte.
4.- Quienes se asumen personas no binarias han cimbrado el uso del lenguaje pero sobre todo han abierto espacios para la libre expresión de género.
5.- En conjunto, los colectivos de este acrónimo abrieron camino para que la autoridad electoral incluyera la representación partidista de personas LGBTTTIQ+, junto a otras minorías sociales.
Si bien estos avances forman parte de una agenda progresiva, de ninguna forma puede afirmarse que el movimiento LGBTTTIQ+ sea una expresión que únicamente apuntala hacia izquierda. Amplios sectores -sobre todo gays- en lugar de mirar los rezagos sociales en otros segmentos del colectivo, prefieren dirigir la atención al consumo de bienes y servicios desde parámetros clasistas e incluso conservadores.
Aunque nunca los colectivos y sus líderes han podido acordar acciones, ni compartir espacios ni mucho menos suscribir una agenda única, su empoderamiento ha sido tan profundo que hasta la derecha política tiene vertientes que los respaldan de forma abierta y decidida. Definitivamente, los activismos de la diversidad sexual han aprendido a respaldar las iniciativas que les beneficien, vengan de donde vengan.
Al analizar tres décadas de movilización y empoderamiento en estos colectivos, el investigador Jordi Diez señala que dicho movimiento “ha pasado por muy marcados altibajos durante este tiempo y su visibilidad, vitalidad y habilidad para presentar demandas al Estado mexicano no ha sido lineal”. Una de esas barreras fueron las dificultades para mantener la cohesión entre homosexuales y lesbianas durante los años ochenta, lo que en consecuencia tampoco les permitió sostener una identidad compartida.
Diez revisa la evolución política del Movimiento de Liberación Homosexual, sus demandas y cómo se fue configurando el acrónimo LGBT en lugar de la expresión “diversidad sexual” lo cual, observa, “fortaleció de manera inédita el movimiento pues le dio el sustento teórico necesario para forjar una identidad colectiva nueva, que resonó dentro de la nueva realidad socio-política del país”.
Desde mi perspectiva, la aseveración de Diez está equivocada porque la denominación LGBT (que recientemente incorporó nuevas identidades de género) no logró unidad entre los colectivos. La diversidad ideológica entre lesbianas, homosexuales, bisexuales y personas trans es tan plural que resulta imposible impulsar y mucho menos imaginar liderazgos representativos del sentir colectivo.
Haciendo política, los integrantes del acrónimo LGBTTTIQ+ no son mejores que los heterosexuales cisgénero, pero tampoco son peores. Unos y otros comenten errores y aciertos en función de su experiencia, formación y sobre todo de sus habilidades personales. No obstante, sí tiene la mayor importancia que la diversidad sexual acceda a todos los órganos de representación, incluidas los ayuntamientos y particularmente las cámaras legislativas.
La agenda LGBTTTIQ+ ha contribuido a rectificar valores de opresión, exclusión y odios en nuestra cultura, apuntalada con basamentos religiosos que siguen incrustados en el imaginario popular.
Referencia
- Díaz, Jordi. “La trayectoria política del movimiento Lésbico-Gay en México”. Revista de Estudios Sociológicos, vol. XXIX. num. 86, mayo-agosto, 2021, pp. 687-712. El Colegio de México, México.
