Olga Sánchez y la voluntad anticipada
No hemos podido hacer de la muerte una experiencia racional. Gran parte de nuestra miseria cultural radica en la imposibilidad de desacralizarla. Si el Estado nos hace responsables de cuidar nuestra vida, debe también permitirnos asumir la decisión de cuándo, cómo y ...
No hemos podido hacer de la muerte una experiencia racional. Gran parte de nuestra miseria cultural radica en la imposibilidad de desacralizarla. Si el Estado nos hace responsables de cuidar nuestra vida, debe también permitirnos asumir la decisión de cuándo, cómo y dónde expirar.
Lamentablemente el binomio vida-muerte fue delegado al ámbito de la medicina, donde la premisa es salvar vidas negándose la posibilidad de morir sin que haya padecimientos de por medio. Es por ello que la finitud de la existencia está asociada con la enfermedad, invariablemente pero siempre y cuando se establezca el diagnóstico del “estado terminal”.
En su condición de senadora electa por el partido Morena, la exministra Olga Sánchez Cordero ha planteado su decisión de promover una ley federal de voluntad anticipada. Si la propuesta va a constituir una extensión de las leyes locales que ya consignan ese derecho en la Ciudad de México y en diez entidades federativas (en Coahuila con el nombre de Ley Protectora de la Dignidad del Enfermo Terminal), se habrá perdido la formidable oportunidad de aproximarnos a la muerte desde otros ángulos, ajenos al ámbito clínico.
La voluntad anticipada, conceptualiza la académica Ingrid Brena Sesna, son “instrucciones previas” debidamente formalizadas para que, “llegado el caso, no se prolongue la vida de un enfermo cuando no exista una perspectiva de salvarla o las condiciones de ésta sean muy precarias”. La también experta en bioética e investigadora de la UNAM, ha advertido que las voluntades anticipadas deben tomarse “con reservas” por lo que es partidaria de profundizar simultáneamente en la relación médico-paciente, sobre todo en el conocimiento y actitudes éticas del primero sobre el segundo.
El asunto al que se enfrentará Sánchez Cordero, sin embargo, no solo es la construcción cultural de la muerte que los mexicanos tenemos sino el hecho de que la Ley General de Salud contiene un capítulo completo que define la enfermedad terminal como “todo padecimiento reconocido, irreversible, progresivo e incurable que se encuentra en estado avanzado y cuyo pronóstico de vida para el paciente sea menor a 6 meses” (Artículo 166 Bis 1, párrafo 1). Un médico escrupuloso atenderá la voluntad anticipada en este lapso de tiempo.
No hay que hurgar demasiado para comprender que la legislación en México es demasiado conservadora en la materia. ¿En verdad corresponde a la medicina definir cuándo ha llegado el ciudadano “hasta el final” de su vida? Si la iniciativa que presentará Olga Cordera prosigue esta “lógica” lo único que hará es fortalecer el control de la medicina sobre el derecho a decidir cuándo y cómo morir.
Y es que no todos queremos fallecer a consecuencia de una enfermedad terminal; simplemente y en función de nuestra autonomía y plenitud existencial podemos manifestar que hemos vivido de manera suficiente. Pero también tienen esa actitud personas que han perdido por distintas causas su calidad de vida o sus habilidades físicas.
Pensar en la muerte. Planear cómo abandonar el cuerpo y qué hacer con él es algo cotidiano que todos hemos experimentado, lo desafortunado es que el Estado Mexicano no recoja esa visualización ni la contemple jurídicamente. Persiste la creencia obtusa de que quien asuma públicamente su legítimo derecho a querer morir sin tener enfermedades carece de salud mental.
En uno de sus últimos relatos Günter Grass, Premio Nobel de Literatura, cuenta la forma en que él y su esposa Ute Grunert acordaron con un ebanista cómo deberían ser los ataúdes de cada uno; de pino para ella y de abedul para él. Titulado En qué y dónde yaceremos, el texto apunta que la “muerte es una cosa decidida desde el nacimiento”.
En esta reflexión, el autor del El tambor de Hojalata detalla que un domingo en el que no esperaban visitas, él y Ute se metieron a las cajas. Se percataron que estaban ajustadas a la longitud de sus cuerpos. “Renunciamos a hacer comentarios, tan solemne parecía aquel anticipo de nuestra puesta en ataúd”, narra y agrega: “Qué extraño oír respectivamente el aliento del otro”.
¿Cómo debemos morir? Lo mejor sería que de manera consciente. La voluntad anticipada podría anticiparse todavía. Doña Olga tiene un maravilloso e histórico reto para romper uno más de los paradigmas jurídicos de nuestro país.
Referencia:
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Brena Sesma, Ingrid. Manifestaciones anticipadas de Voluntad, en Eutanasia, hacia una muerte digna. Foro Consultivo Científico y Tecnológico, 2018, México.
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Grass, Günter. De la finitud, traducción de Miguel Sáenz, Ed. Alfaguara, 2016, México.
