La expropiación de la salud (I)

Es difícil establecer cuándo hay salud y cuándo se pierde. La pandemia del Covid19 y el colapso hospitalario ofrecen la mejor oportunidad para replantearnos si nuestra propia salud ha sido “eso” que habíamos creído. La urgencia sanitaria para dar prioridad a los ...

Es difícil establecer cuándo hay salud y cuándo se pierde. La pandemia del Covid-19 y el colapso hospitalario ofrecen la mejor oportunidad para replantearnos si nuestra propia salud ha sido “eso” que habíamos creído.

La urgencia sanitaria para dar prioridad a los pacientes graves por infección de SARS-CoV-2 hizo que muchos otros padecimientos, sobre todo los crónicos, fueran replanteados clínicamente e incluso que se modificaran protocolos de seguimiento y monitoreo. De facto, centenas de miles de pacientes dejaron de recibir atención, se cancelaron o pospusieron muchos estudios de laboratorio e imagenología y se reprogramaron las cirugías consideradas no esenciales.

Es decir, se tuvieron que replantear criterios clínicos relacionados con algunas enfermedades y diagnósticos y con ello quedó claro que no todos los padecimientos eran graves, que había procedimientos que podían esperar. ¿Cambió con el Covid-19 el concepto de salud? Por supuesto.

La emergencia global nos ha permitido replantear el binomio salud-enfermedad. El nuevo coronavirus cuestionó el paradigma de la salud pública, de las emergencias y de los protocolos para dar seguimiento a pacientes “crónicos” que, de una u otra forma, eran etiquetados como enfermos que no lo son tanto. Definitivamente, la muerte fulminante de personas “sanas” confrontada con la sobrevida de personas “enfermas” rompe cualquier paradigma que pretenda medirlas.

Los españoles Juan Gérvas y Mercedes Pérez Fernández han subrayado que la salud “es un estado inestable y cambiante” imposible de comprender desde la disyuntiva biológica que separa la salud de la enfermedad. De un lado predomina la visión de que la salud es dicotómica, pobre o simple y del otro la riqueza que sobre la vida tiene la población.

Médicos y divulgadores, Gérvas y Pérez-Fernández alertan desde hace tiempo respecto de lo que consideran es la imposición de “una salud coercitiva”, por la cual estar sano configura una obligación moral. Esta visión maniquea del estatus clínico se impulsa bajo un altruismo de apariencia donde la gente tiene que tener “salud” por su propio bien.

La salud es una vivencia personal e intransferible -dicen- y en consecuencia un recurso para vivir, más que un fin por sí mismo. Son contundentes cuando afirman: “vivir para tener salud es una enfermedad”. Y vaya que les asiste en grado superlativo la razón. Con frecuencia las personas consideradas “enfermas” por la clínica son más felices que las que fueron etiquetadas como “sanas”.

¿Cómo explicar que éstas últimas tengan que medicarse para seguir “sanas”?  Pérez-Fernández y Gérvas son precisos: “Los ciudadanos de los países ricos rebosan salud pero aspiran a más, y esa expectativa insaciable les lleva al consumo inmoderado de bienes y servicios sanitarios con el resultado de una insatisfacción constante con su alto nivel de salud”.

Y la salud entendida como un propósito por sí mismo, agregan, deriva en un ente de consumo definido por la industria médica y la dinámica en que ha caído la clínica. La medicina sin límites proyecta un objetivo inalcanzable.

Por eso la exclusión hospitalaria forzada de pacientes con diversos diagnósticos y tratamientos crónicos, para atender a la mayoría de personas con Covid-19 y contribuir a reducir su letalidad tiene muchos significados pero, particularmente, replantea en el paciente excluido qué tanto está enfermo o qué tanta salud ha tenido.

No hay duda que desde la clínica se desatienda la complejidad de la vivencia humana. Para un médico un paciente puede requerir solo valoración de consulta externa, pero para ese mismo paciente y sus familiares o amistades, lo que hace falta es hospitalización inmediata, porque sienten que se le va la vida.

La actual emergencia ha derivado en circunstancias paradójicas. En la mayoría de los hospitales el requisito para ocupar una cama es el diagnóstico de Covid-19. Y en los pocos hospitales que reciben a todo tipo de pacientes el requisito es no tener diagnóstico de Covid-19. La complejidad de la salud, señalan Gérvas y Pérez-Fernández, corresponde a la complejidad de nuestra especie.

Ciertamente, es frecuente que nuestro comportamiento se distancie del diagnóstico recibido y que por ello dejen de seguirse las instrucciones dictadas desde el consultorio. No es rebeldía, solo es otra forma de entender la salud. Una percepción que, con frecuencia y aunque no se lo propongan, queda expropiada por el personal médico.

Referencia

  • Gérvas, Juan/ Pérez-Fernández, Mercedes. “La expropiación de la salud”, Ed. Libros del Lince, 2015, Barcelona

@LuisManuelArell

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