Más que sangre azul
Por Daniel GómezTagle “Saben a lo que se exponen”, “no hizo bien su trabajo”, “seguro era corrupto”. El desdén que marca los comentarios tras la muerte de un policía raramente va acompañado de la preocupación respecto a lo que realmente significa: un ...
Por Daniel Gómez-Tagle
“Saben a lo que se exponen”, “no hizo bien su trabajo”, “seguro era corrupto”. El desdén que marca los comentarios tras la muerte de un policía raramente va acompañado de la preocupación respecto a lo que realmente significa: un Estado que falla en darle seguridad a los encargados de darle seguridad al Estado.
En 2019 se contabilizaron 623 policías muertos: 494 asesinados, 102 en accidentes, 16 se suicidaron y 11 fallecieron de causa natural. De esta recopilación hemerográfica se obtiene un panorama sombrío de la seguridad pública en México.
De los 494 policías asesinados, 175 estaban francos, 57 fueron asesinados en su propia casa, en algunos de éstos frente a su familia, como Adrián Matsumoto, de Chihuahua, que al verse emboscado en la calle decide salir y alejarse del vehículo para proteger a su esposa e hijos.
Otros 16 policías murieron cuando comían, como César Concha, quién pedía unos tamales cuando fue ejecutado. Siete, mientras desempeñaban un segundo empleo, como Ramón Cortés, quién cantaba en restaurantes y bares. Dos cuando estaban de vacaciones, como Jorge Quiroz, asesinado dentro de su domicilio.
La proporción de policías asesinados en servicio contra francos es dominada por los municipales (145/93), seguida por estatales (98/48), ministeriales (41/11), tránsito (15/4), federales (9/8), penitenciarios (6/9) y Guardia Nacional (5/2). Seis policías fueron asesinados en servicio con su propia arma y otros ocho la usaron estando en servicio para suicidarse. Además, 13 fueron asesinados por su compañero de turno (intencional o accidental) y nueve murieron a manos de otros policías.
Murieron treinta y dos cuando salían de trabajar y 14 cuando se dirigían a trabajar. Curiosamente, nueve sufrieron accidentes en las mismas rutas. Asimismo, los custodios penitenciarios han sufrido también reiterados ataques para liberar detenidos o presionar por condiciones al interior del penal, tan sólo en Valle de Santiago fueron asesinados ocho custodios del Cereso MIL.
Cinco policías murieron de causas naturales mientras se encontraban en servicio. 45 más fueron levantados y ejecutados. De los 623 policías contabilizados muertos , 30 eran mujeres, 19 de ellas en servicio, incluyendo dos suicidios.
Por número de muertos, la entidad que encabeza la lista es Guanajuato (74), Michoacán (47), Chihuahua (32), Jalisco (30) y Estado de México (30), pero los estados donde los policías corren más riesgo son en realidad Guanajuato (0.782%), Michoacán (0.0673%), Sonora (0.545%), Zacatecas (0.473%) y Veracruz (0.448%). Éste último dato se torna relevante en el análisis presupuestal considerando que la Sedena reportó 11 soldados muertos en 2019, es decir, partiendo de los estados de fuerza reportados por las dependencias, la tasa de riesgo en cumplimiento del deber de un soldado es de 0.0055%, mientras que la de un policías es de 0.0966%, una diferencia de +1,656% contra el policía, a pesar de ello, el Presupuesto 2020 reduce 92.03% la partida correspondiente a Prendas de Protección Personal (chalecos balísticos) para Policía, pasando de $11,828,305 a $942,303, pero incrementa 116.96% la de soldados, de $21,374,921 a $46,374,515. Simplemente no tiene sentido.
Los policías en México son asesinados mientras realizan actividades que todos consideramos cotidianas. Mueren porque las patrullas están en malas condiciones y derrapa en una curva, o porque el compañero que conduce se queda dormido después de 20 horas de turno. Mueren porque a un compañero se le escapa un tiro en un tope por no traer asegurada el arma. Mueren a manos de otros policías que le confunden al no tener comunicación o porque trabajan para el crimen organizado. Mueren en las academias por no aguantar vara o mientras hacen guardia en un mercado. Mueren mientras disfrutan a su familia. O se matan solos.
Vivimos una crisis de seguridad de proporciones mayúsculas, los datos ya no alcanzan para dimensionar la magnitud y alcance de lo que pasa, tampoco para excusarse. El discurso basado en la corrupción culpabiliza a priori a los policías, les transfiere toda la responsabilidad del fracaso.
Los policías no cuentan con seguros de vida, tienen turnos inhumanos, condiciones de descanso y recuperación ínfimas, equipamiento que no corresponde a las necesidades de su función y directores que no les interesa aprender nada, mucho menos corregirlo. Además, son extorsionados económica y sexualmente por sus propios mandos y, por si no fuera suficiente son extorsionados por el crimen organizado. Los policías no están a salvo con el uniforme, mucho menos sin él. Pero la estrategia no cambia: es la corrupción.
Cuando muere un policía no sólo corre sangre azul, también se nos muere un poco la esperanza de tener un país seguro. ¿Cómo hablar de fortalecimiento de la seguridad y de puntos de inflexión cuando nuestros policías mueren junto con sus hijos en brazos?
En 2019 perdimos no 623 policías, sino un poco de México 623 veces.
¡Presente! ¡Presente! ¡Presente!
