DACA: Una ganga simbólica
A pesar de sus nacimientos en otros países, Norteamérica es el único lugar al que los beneficiarios de DACA llaman hogar
Por Daniela Guerrero
La retórica efectiva es aquella que define, delinea y omite. Las narrativas empaquetadas y fáciles de digerir que el presidente norteamericano, Donald Trump, ofrece a sus constituyentes simplifican las multidimensionales realidades socio-políticas a conflictos binarios con soluciones ostensibles. El martes 5 de septiembre, una de las anticipadas “panaceas” del mandatario se materializó en la cancelación del programa Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), desamparando a 800 mil dreamers de la deportación y anulando sus posibilidades de desarrollo.
El lenguaje utilizado por el fiscal general Jeff Sessions rápidamente estableció las binarias en juego: dueños legítimos contra asaltantes y usurpadores, ciudadanos contra delincuentes, víctimas contra atacantes. Tras reducir DACA a una amnistía unilateral e inconstitucional impuesta por el expresidente Obama en forma de capricho sentimental, Sessions reafirmó la narrativa y dirección predilectas de la administración de Trump: proteger a los trabajadores norteamericanos de agentes ilegales al acecho de sus trabajos y priorizar la seguridad y el bienestar general del pueblo estadunidense sobre todas las cosas.
El argumento sobre la importante pérdida de empleos nacionales ante la presencia de los dreamers, que Sessions ofreció, existe únicamente en la retórica, fuera de la realidad económica del país. Más de 45% de los beneficiarios de DACA son estudiantes y, entre ellos, 72% actualmente cursa una licenciatura. Se estima que un sector importante de estos dreamers reciba visas H-1B en el futuro, convirtiéndose en trabajadores especializados que contribuyen con sus habilidades, productividad y consumo a la economía norteamericana. El Centro de Progreso Americano estima que Estados Unidos perderá aproximadamente $460 billones de su Producto Interno Bruto en los próximos diez años.
El fin de DACA se une a una serie de “soluciones” —tales como el veto migratorio a siete países de mayoría musulmana y la retirada del histórico Acuerdo de París— que asumen un juego de suma cero en Estados Unidos. Mediante una estructura de amenazas —inseguridad, “abuso económico” por parte de los migrantes y falta de oportunidades para los americanos— y promesas —fronteras seguras, un país “de nuevo grande” y el alza de intereses nacionales— que se excluyen entre sí, Trump ha establecido que las pérdidas de unos son necesarias para las ganancias de otros.
Sin embargo, los dreamers que llegaron a Estados Unidos a muy temprana edad —seis años en promedio— no son un peligro ni un obstáculo para todo aquello “americano” que Trump busca preservar y proteger. A pesar de sus nacimientos en otros países, Norteamérica es el único lugar al que los beneficiarios de DACA llaman hogar. A lo largo de su presidencia, Trump ha probado ser un amante de las formas. En vez de lidiar con la problemática realidad de cientos de miles de jóvenes y adultos no nacidos en territorio estadunidense formando parte activa de la vida nacional, disolver DACA le brinda la oportunidad al Presidente de señalar y eliminar la causa suprema del desempleo, el bajo nivel salarial y la inseguridad.
Sacar a los dreamers es una ganga simbólica para su administración, una materialización del cumplimiento de las promesas que ponen a “América primero”. Con una acción como ésta y un par de colmillos retóricos bien afilados, Trump define, delinea y omite.
