Libertades, fama y violencia de género

El #YoSíTeCreo surge después de milenios en los que, hasta legalmente, la palabra de las mujeres no tuvo valor. Demasiada historia detrás de la prepotencia masculina, como para que, cuando se abre una rendija, las plataformas de #MeToo, se escuchen gritos desgarradores

La violencia contra las mujeres es un problema de los hombres. Entonces, busquemos en y con los hombres, la solución. No es con el silencio cómplice, que agrava el problema, como se resolverá. Hay que hablar, intentando no violentar los derechos del agresor, pero no silenciemos a las mujeres.

La Organización Internacional del Trabajo define que “el acoso sexual está íntimamente ligado con el poder y con frecuencia se lleva a cabo en sociedades que tratan a las mujeres como objetos sexuales y ciudadan@s de segunda clase”.

El acoso sexual, acción indeseada, ofende y angustia, puede ser física y emocionalmente peligrosa. La víctima se siente intimidada, incómoda, avergonzada o amenazada. Puede llevar a la depresión. Edith Eger, doctora en sicología, define depresión como antónimo de expresión.

El silencio es el espacio al que se arroja a las mujeres por las posibles consecuencias que produce hablar en contra del agresor.

El #YoSíTeCreo surge después de milenios en los que, hasta legalmente, la palabra de las mujeres no tuvo valor. Demasiada historia detrás de la prepotencia masculina, como para que, cuando se abre una rendija, las plataformas de #MeToo, se escuchen gritos desgarradores: “están manchando mi buena fama”.

¿Cuándo ha importado la “buena fama” de las mujeres? A veces, hasta parece que el “pecado original” es ser mujer. Ese hecho, prueba más que suficiente para su devaluación. Y para que la violencia, cual sombra pertinaz, las acompañe siempre.

Las mujeres, por ejercer sus derechos ¿lo tienen que vivir? Algunos de ellos intentan impedirlo, quizás se sienten agredidos o simplemente, como dicen, su sexualidad es “incontrolable”. Hay voces que recomiendan “quedarse en casita, en las noches”, o sea, perder su libertad. Absurdo, ahí, “en casita”, también son violentadas y el acoso sucede a todas horas. Ellas trabajan, estudian, se divierten, sin hacer daño a nadie. El “agravio” que reciben es gratuito. ¿Qué hacer con quienes hostigan y acosan?

Quienes han observado y descrito estas conductas indican que, en “la mayoría de los casos, es porque no sabe establecer relación en distintos aspectos de su vida y, además, la mayoría de los hombres tienen una cultura machista” (también, la mayoría de las mujeres); y que “estos actos considerados, hoy, como ilícitos, no son considerados, en general, como parte de un posible trastorno sexual-emocional y se asimilan como “conducta normal”, que las mujeres deben soportar y comprender”. ¿Están enfermos? No, enferman a las mujeres, pero sí que están trastornados y pudiera ser que su frágil ego no resista ni la más pequeña posibilidad de ser “invisibilizado”.

A raíz de las denuncias anónimas, algunos dicen haber sido agredidos en su fama pública. Extraña queja, ya que las mujeres muy pocas veces hemos sido acreedoras de “buena fama”. El diccionario jurídico afirma que: “En rigor, la fama pública constituye en el fondo un testimonio de calidad, es decir, es una especie de prueba testimonial que rinden en un proceso”. 

Al juzgar la fama pública de una mujer el tema se desvía fácilmente a la virginidad, su estado civil, sus amistades masculinas y nunca a sus muchos, importantes, pequeños méritos. En cada campaña política en las que compiten, los epítetos agresivos afloran fácilmente.

En terrenos más estrictos, ciencias, humanidades, poquitas mujeres tienen buena fama, a pesar de muchas cualidades académicas.

Después de 75 años, en el Colegio Nacional, sólo cuatro mujeres han sido integrantes, mientras 103 hombres gozan del privilegio de la “buena fama”; en la Academia Mexicana de la Lengua, sólo cinco lugares de 36, menos del 14 por ciento. En la Academia Nacional de Medicina, hasta 2006, había 536 académicos, sólo 62 académicas. Y nos cae encima la Ley del Unicornio, que premia el “ser mujer” y evapora las capacidades por las que cualquiera de ellas calificó para estar ahí. Su mérito: ¡ser la primera!

Oresta López, en Las maestras rurales mexicanas en el contexto del México violento de la posrevolución, dice: “La historiografía mantiene un reto en el análisis de la violencia de género con que se fundó un sistema educativo feminizado en México”. Reúnen las primeras piezas de un rompecabezas complejo. Ahí, en la educación pública y en los medios masivos es donde urge intervenir.

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