La historia y las niñas

Hasta Porfirio Díaz, en 1900 escuchó el reclamo femenino en boca de Rafaela Varela, para que se reconociera la ciudadanía de las mujeres, pudieran votar y ser votadas, pero, autoritario, decidió no escuchar

Estamos en tiempos tan complejos que a veces recuerdan a Iturbide y La Corte de los Ilusos, de Rosa Beltrán. Desorden por doquier y ahora les tocó el turno a los ¿queridos y admirados? libros de texto. No sería locura pensar en un segundo catecismo de Ripalda, disfrazado de “humanismo” tratando de derrotar al diablo neoliberal.

En este nuevo embate contra lo que hicieron bien los de antes, quizás podrían remediar algo que pasaron por alto. Sería una gran novedad, y, además, iría en línea con la transformación. Hablar de la historia que hemos vivido y estamos intentando escribir las mujeres. Recordar que, en aquellos tiempos, ya muy idos, los de los pueblos recordados como prehispánicos, hubo cacicas muy renombradas, combatientes y decididas a luchar por sus comunidades. Entre otras, Atotoztli II, Tomiyahuatl, Tecuichpo, Eréndira, Macuilxochitl, Tzakbu Ajaw y la famosísima Malinalli, mal llamada Malinche, quien agradecería que su historia fuera contada con veracidad. “¿Cómo hacer para descubrir el secreto que también a ella la encubre?” (Margo Glantz).

En los siglos transcurridos viviendo en estas tierras como virreinato de España, también hubo mujeres destacadísimas, a pesar de las múltiples prohibiciones para acreditar su ser humanas. Isabel Moctezuma, Paula Benavides, Catalina de Erauso, María Estrada y no se puede dejar de mencionar a la queridísima y admiradísima Juana Inés de la Cruz: “La vida suelta la rienda/ En su acostumbrado error”.

En las terribles luchas por la Independencia, no faltaron la gracia, la dulzura y el valor femeninos. Mariana Rodríguez, la archiconocida Josefa Ortiz, la sin igual Leona Vicario, la liberal María Ignacia Rodríguez. María Luisa Martínez, antes de morir fusilada: “¿Por qué tan obstinada persecución contra mí? Tengo derecho a hacer cuanto pueda en favor de mi patria, porque soy mexicana. No creo cometer ninguna falta con mi conducta, sino cumplir con mi deber”.

Ya vencedores, había que organizar al nuevo país surgido de la lucha. Nombrarlo México, darse una constitución. Las decisiones, debatidas al calor de la importancia futura, llevaron a muchísimas mujeres a reclamar lugar en el Congreso. Testimonio de ese actuar es una carta de mujeres zacatecanas, que, vaya a saber uno por qué, no se conoce ni se mencionan las ansias femeniles por participar en tan magna tarea.

Al paso de los años, donde poco podemos decir sobre la estabilidad y el buen gobierno de ésos, los primeros años de nuestra República, se decide una reforma a la Constitución. Corrían los días de 1857 y las mujeres volvieron a protestar porque seguían excluyéndolas. Varios hombres cabales las apoyaron, entre ellos, Ignacio Ramírez, El Nigromante: “no hay Dios, los seres de la naturaleza se sustentan por sí mismos, hay que obligar a las autoridades públicas a respetar las decisiones de las mujeres y de los jóvenes, para que todos y todas puedan ejercer las libertades y garantías individuales”.

Hasta Porfirio Díaz, en 1900 escuchó el reclamo femenino en boca de Rafaela Varela, para que se reconociera la ciudadanía de las mujeres, pudieran votar y ser votadas, pero, autoritario, decidió no escuchar. Por eso no sorprende que, en 1910, surgieran miles de clubes feministas antirreeleccionistas en apoyo a Madero, y que mujeres tan notables como Dolores Jiménez y Muro, Hermila Galindo, Elvia Carrillo Puerto, y muchísimas más, estuvieran en primera fila, dispuestas a cambiar los rumbos del país, para construir una República igualitaria, incluyendo terminar con los privilegios masculinos.

Seguir mencionando a las cada vez más mujeres daría para escribir muchos más artículos. Baste decir que todas ellas estarían absolutamente en contra de que hombres como Salgado Macedonio sea candidato a un gobierno y que todas ellas defenderían, sin dudar, al Instituto Nacional Electoral (INE) conscientes de su valor para resguardar esa democracia por la que tanto lucharon.

Sobre historia y ciencias, libros de texto y educación, hay que leer a Primo Levi, en palabras de Juan Villoro: “Levi evitó las filisteas humanidades ofrecidas por el fascismo y prefirió estudiar las verdades revolucionarias de la naturaleza” (https://www.nexos.com.mx/?p=45530).

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