Guillermo Rodríguez Gallegos, periodista

• Le agarró afición al micrófono y se convirtió enun participante habitual en los concursos de oratoria.

Guillermo Rodríguez Gallegos, el buen Memo, fue una víctima más de covid-19. El sábado 27 de marzo falleció en Durango. Tuvo una vida plena, llena de amistades e invadida de amor por su familia, del que recibía reciprocidad. Se graduó de abogado en la Universidad Juárez del estado de Durango, pero se hizo periodista por vocación.

Desde muy joven comenzó su aprendizaje, primero en periódicos estudiantiles y luego de la mano de Salvador Nava, en La Voz de Durango. Para cumplir con la chamba estudió la prepa en la nocturna. Por años participó en la política estudiantil. Era rebelde, pero dentro de las filas del PRI, hablo de los años 60.

Él y yo fuimos dos de los 14 ilusos —hoy puedo decirlo así— que la noche del 9 de mayo de 1966 invadimos el Cerro de Mercado, queríamos iniciar un movimiento para rescatar la mina a flor de tierra que se agotaba y no dejaba beneficios a la ciudad ni al estado.

Aquel “regalo para las madres durangueñas” fue boicoteado. Un pelotón del XX batallón de infantería del Ejército Nacional nos desalojó a eso de mediodía del día 10 a los nueve que nos quedamos. Cinco habían bajado temprano a la ciudad para agitar y concitar el apoyo del pueblo.

Fue el paso previo a la convulsión que comenzó el 2 de junio con una irrupción de cientos de estudiantes al cerro, que luego fueron miles y después un movimiento de masas impresionante, que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz derrotó vía amenazas, cooptación y promesas.

Memo representó un papel destacado como orador en los mítines diarios en la Plaza de Armas. Le agarró afición al micrófono y se convirtió en un participante habitual en los concursos de oratoria. Unos meses después del movimiento, ingresó a la entonces Cadena García Valseca como reportero para El Diario de Durango, después para El Sol de Durango. Llegó a ser director de El Sol de Mazatlán.

Escribió un libro y reportajes extensos sobre ese movimiento del 66, con una visión romántica y nostálgica, pero sin desvirtuar hechos fundamentales. También laboró en oficinas de prensa de varios gobernadores, de los que escribió biografías políticas décadas después. Autor prolífico.

No sé desde cuándo, pero ya residía en la Ciudad de México y comenzó a escribir una columna en El Sol de Durango con notas sobre los duranguenses que vivimos aquí. Estaba enterado de todo, acudía a cuanto acto en el que participaba un paisano. Reporteaba logros —nunca fallas— de todos, ya en la política —sin importar el partido—, en actos sociales, la diplomacia o las artes. Era un reportero de esos que no abandonan su libretita, que toma notas de todo, las arregla, corrige y manda a la prensa.

Aunque a veces anduvimos en bandos contrarios —no antagónicos—, nunca dañamos la amistad. Cada que nos veíamos nos abrazábamos con ese apretón y las dos palmadas de camaradería. Vamos a extrañar al buen Memo. ¡Hasta la vista, amigo!

 

Mi pésame y un abrazo solidario a su viuda, Orieta Valles, y a sus hijas, Flor y Rocío.

Temas: