Usos del espacio público: ríos y fuentes
Aunque la Ciudad de México se construyó sobre un enorme lago, tenemos pocas evidencias de su origen acuático. Desapareció el lago de Tenochtitlán y el de Texcoco, y sólo quedan los de Xochimilco y Zumpango. Quedan rastros más pequeños, como los lagos del bosque de ...
Aunque la Ciudad de México se construyó sobre un enorme lago, tenemos pocas evidencias de su origen acuático. Desapareció el lago de Tenochtitlán y el de Texcoco, y sólo quedan los de Xochimilco y Zumpango. Quedan rastros más pequeños, como los lagos del bosque de Chapultepec.
Nuestra ciudad está ubicada en la parte más baja de la cuenca del Valle de México, con 45 ríos que alimentaban el enorme sistema de lagos. Durante centenares de años se negó la inevitable presencia del agua, y muchos ríos, canales, acueductos y fuentes de la ciudad colonial han sido destruidos; para dar paso a avenidas y calles. De los canales y ríos prácticamente no quedan rastros; se usaron como drenajes y después se han pavimentado. Aunque su nombre recuerda su origen: el Canal de la Viga, o los Ríos Becerra, Consulado, Churubusco, la Magdalena, Mixcoac, Piedad, San Joaquín y Tacubaya. Esa contradicción ha sido señalada por la crisis en la ciudad de escasez de agua, combinada con desperdicio y abundancia en las lluvias (Legorreta J. Ríos, Lagos y manantiales del Valle de México. Universidad Autónoma Metropolitana, 2009).
Al pavimentar los ríos se perdieron sus riveras, que eran atractivos espacios públicos, de los que sólo quedan algunos “camellones verdes” como los de la avenida Churubusco.
Las fuentes han tenido una evolución distinta y, por su tamaño, se han podido mantener mejor. En el Centro Histórico, la Alameda fue remodelada al fin del siglo XVIII, por los arquitectos Ignacio Castera, Damián Ortiz de Castro y Manuel Tolsá. Sus siete fuentes forman un rombo, en cuyo centro está la fuente principal. A un lado, en la plaza del Palacio de Bellas Artes, están dos fuentes diseñadas por José Luis Benlliure, que han estado vacías durante años; quizá para ahorrar gastos de mantenimiento. Algunos vestigios que se conservan de la huella del agua, son los Arcos de Belén, convertidos ahora en una fuente surrealista en la avenida Chapultepec, con dos caídas de agua en direcciones opuestas, que son parte del acueducto que remataba en la fuente del Salto del Agua.
Desde el siglo XIX, prácticamente todos los parques tenían fuentes que adornan aún los espacios públicos: En la colonia Condesa están las fuentes de los parques España y México, y las de las glorietas Citaltépetl y Popocatépetl, en la colonia Hipódromo-Condesa; y en la colonia Roma, en las plazas Río de Janeiro y Luis Cabrera. En Polanco, los espejos de agua en el parque, y las fuentes en la avenida Horacio. Sobre Paseo de la Reforma está la fuente de la Diana y la de Petróleos; y en la avenida de los Insurgentes, la fuente en la Ciudad de los Deportes, la del Parque Obregón y los espejos de agua en Ciudad Universitaria. Sin embargo, con la “modernidad” en la década de los años cincuenta, se cancelaron las fuentes, por considerarlas un gasto superfluo, y quizá por eso hay muchas fuentes descuidadas y secas en la ciudad.
Un caso notable fue Luis Barragán, quien diseñó las fuentes en las Arboledas y las de algunas de sus casas. Afortunadamente algunos arquitectos han integrado fuentes a sus edificios y plazas, como la del Camino Real, de Ricardo Legorreta, las fuentes intermitentes del Monumento a la Revolución y de la plaza Tlaxcoaque; la nueva fuente en el parque Luis Pasteur y la de la plaza de acceso de Antara.
Como parte del espacio público, los ríos y las fuentes son elementos que hemos descuidado, olvidado, o perdido; aunque —como el agua— son fundamentales para la vida de la ciudad.
