Usos del espacio público: los monumentos

Un monumento es una obra pública, arquitectónica o escultórica, en memoria de alguien o de algo, que tiene gran valor artístico o histórico. Es significativo que un monumento se convierta en símbolo, que trascienda su época y se convierta en parte de la cultura de ...

Un monumento es una obra pública, arquitectónica o escultórica, en memoria de alguien o de algo, que tiene gran valor artístico o histórico. Es significativo que un monumento se convierta en símbolo, que trascienda su época y se convierta en parte de la cultura de ese país o ciudad. Un monumento puede ser importante por su tamaño, como el Monumento a la Revolución, o por su calidad, como la escultura del caballo que Tolsá realizó para un rey español justamente olvidado. Esa escultura ha viajado por la ciudad, primero estuvo en la plaza del Zócalo, después al inicio del Paseo de la Reforma y finalmente en la plaza, frente al Palacio de Minería, que es otro extraordinario monumento del mismo autor.

Hay monumentos que pueden simbolizar una ciudad, como la columna y la ángela de la Independencia (1910). Aunque se dice que los ángeles no tienen sexo, esa escultura es claramente una victoria alada. Otra, símbolo de Berlín (1873), está sobre la columna de la Victoria y es una estatua similar a la mexicana, aunque menos hermosa. Ambas están en avenidas que son espacios públicos de enorme importancia para la ciudad y sus habitantes.

Adolf Loos dictaminó que sólo una pequeña parte de la arquitectura es arte: el monumento y la tumba. Sin embargo, hay edificios que por su calidad se convierten en verdaderos monumentos. Algunos de los más conocidos son los religiosos y los administrativos; en espacios públicos, o privados.

Los monumentos pueden estar aislados en una plaza o un parque; como el Hemiciclo a Juárez, las esculturas en la Alameda, o sobre una avenida, como los del Paseo de la Reforma: la fuente de Petróleos, el de los Niños Héroes, la Diana, el de Cuauhtémoc, Cristóbal Colón y los Indios Verdes, que movieron a la salida de Insurgentes Norte. Además, hay pequeñas estatuas y jarrones que adornan el que, sin duda, es el mejor paseo de nuestra ciudad. Una versión moderna de ese paseo fue la Ruta de la Amistad, para celebrar la Olimpiada en México (1968) con 19 esculturas de varios países. Afortunadamente, después de años de deterioro y olvido, algunas de esas esculturas se movieron y colocaron en los cruces del Periférico y la avenida Insurgentes.

Durante siglos, muchos monumentos fueron de carácter religioso. Además de catedrales e iglesias, se realizaron innumerables esculturas que dieron nombre a pueblos y barrios. En la ciudad, la Calzada de los Misterios es un ejemplo extraordinario de esculturas religiosas, que rematan en la Basílica de Guadalupe. Sin embargo, el mejor ejemplo de monumento urbano moderno es el de las Torres de Ciudad Satélite (1956). Ese ejemplo se ha utilizado para colocar esculturas enormes en algunas ciudades, que son grandes, pero no monumentos. Ejemplo notable es el edificio Guggenheim en Bilbao; que paradójicamente es más una escultura urbana, que un museo.

Por supuesto que la escala y la localización son muy importantes para que un monumento se convierta en un punto de referencia nacional o aún mundial. El ejemplo más notable es la Torre Eiffel (1889) —de 300 metros de altura— que tiene 7.1 millones de visitantes anuales y es símbolo de París. Por contraste, la escultura de La Sirenita (1913), en la bahía del puerto de Copenhague, sólo mide 1.25 metros de altura, y es monumento nacional de Dinamarca. De manera que el tamaño importa, pero no es garantía de que el monumento sea valioso. Por eso es importante conocer y valorar nuestros monumentos; sin que importe su escala.

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