Casa O’Gorman: 1929

Valorar lo que no es conocido es difícil y riesgoso.

En México tenemos la pésima costumbre de no valorar las aportaciones de muchos artistas y creadores mexicanos y de reconocer

—una y otra vez— lo que ya se conoce, de llover sobre mojado. En nuestras instituciones se entregan premios, becas y homenajes a gente que ha sido alabada hasta el cansancio y, en cambio, no se reconoce el trabajo valioso de muchos. Una razón —entre otras— es que resulta fácil hacerlo, pues no se tiene que pensar o decidir, ya que es más cómodo premiar lo obvio, pues además no implica riesgos. En cambio, valorar lo que no es conocido es difícil y riesgoso, y muchos temen asumir esa responsabilidad.

Hay muchos ejemplos de esa sobrevaloración que implica ignorar o despreciar a figuras a las que no se entregan reconocimientos; que se une con la complicidad de los premiados, que actúan como si fueran los únicos que lo merecen. Un caso dramático —en muchos sentidos— ha sido el del arquitecto Juan O’Gorman (1905-1982). Aunque O’Gorman no sólo fue un talentoso arquitecto, sino también fue un extraordinario pintor y un agudo e incisivo crítico de nuestra cultura, en México sólo se le reconoció después de su muerte.

Como ha sucedido repetidamente, el temprano reconocimiento de Luis Barragán, O’Gorman, Enrique Yáñez, de José Villagrán y otros jóvenes, entonces, fue realizado fuera de México, específicamente con la publicación en Nueva York del libro New architecture in Mexico (1937), la primera y más importante valoración de la nueva y revolucionaria arquitectura mexicana, en la que se destacó la obra de un joven de 34 años —O’Gorman— que tenía ya una importante y valiosa producción.

Sin embargo, como ocurría entonces, su radical posición política —comunista y trotskista— que correspondía a su igualmente radical criterio funcionalista en arquitectura, provocó un abierto y extendido rechazo, porque su ideología e intransigencia no eran políticamente correctas. A diferencia de muchos, que posteriormente se han beneficiado por su “oposición al sistema”, O’Gorman y otros artistas e intelectuales fueron ignorados o combatidos tanto por instituciones públicas como privadas. Sin apoyo, atacado e incomprendido, O’Gorman canceló prematuramente su actividad como arquitecto y se concentró en la de pintor. La única obra que construyó después fue su casa-estudio (1949), una cueva en la que se refugió hasta que tuvo que venderla y que su propietaria —una artista— demolió.

El rescate y remodelación de la casa-estudio de Diego Rivera y la de Frida Kahlo, realizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes, en 1996, constituyó un reconocimiento oficial de su importancia cultural. Posteriormente, en 2013, se remodeló también la primera casa que construyó O’Gorman. La memoria de esta valiosa obra es un libro

—estupendamente realizado— (Casa O’Gorman, 1929. México, Conaculta, INBA, RM, 2014), en el que Xavier Guzmán, Víctor Jiménez y Toyo Ito —premio Pritzker— presentan ensayos sobre la importancia que tuvo esta casa en la arquitectura moderna de México. En 1975 conocí a O’Gorman, y aprecié su humor y sarcasmo ante la falta de talento y compromiso que veía en muchos arquitectos mexicanos. Su modestia se manifestaba en la valoración que hacía de las obras de Le Corbusier y de Frank Lloyd Wright. El reconocimiento que ahora tiene contrasta con el desprecio que sufrió cuando más necesitaba que se le apoyara. Porque O’Gorman no tuvo becas, premios ni homenajes, y demasiado tarde ha llegado, lo que tanto merecía.

Temas: