Concursos de arquitectura: París
Los concursos de arquitectura han sido la manera más eficiente para seleccionar un proyecto. La primera ventaja es que se consigue que muchos equipos de arquitectos participen, atraídos por la oportunidad de realizar el diseño de un edificio o monumento que regularmente ...
Los concursos de arquitectura han sido la manera más eficiente para seleccionar un proyecto. La primera ventaja es que se consigue que muchos equipos de arquitectos participen, atraídos por la oportunidad de realizar el diseño de un edificio o monumento que —regularmente— es difícil conseguir. Otra enorme ventaja es que los organizadores pueden tener así cientos de proyectos, sin que tengan que pagarlos y seleccionan el que les parezca el mejor. La enorme desventaja de los concursos ha sido, y es, el trabajo del jurado. Si lo hace bien, el resultado es positivo; pero si —como muchas veces ha sucedido— algún jurado tiene un claro interés para favorecer a alguien o si no respeta las reglas del concurso, entonces se tiene un resultado que causa un grave problema a los organizadores; como se comprueba si se analizan muchos concursos de arquitectura.
El éxito inglés del concurso para el diseño y la construcción del Palacio de cristal (1851) motivó que su ejemplo fuera seguido en Europa y Norteamérica. En Francia, para celebrar el centenario de la Revolución (1889), se anunció una exposición universal en París —la capital de siglo XIX, como la denominó Walter Benjamin— que no podía estar retrasada para mostrar al mundo los avances culturales e industriales de Francia.
Con el propósito de crear un elemento monumental para la exposición, en 1884, los ingenieros Maurice Koechlin y Émile Nouguier diseñaron una torre de elementos metálicos y solicitaron la colaboración del arquitecto Stephen Sauvestre, quien diseñó los cuatro arcos de la base. Ellos trabajaban en la compañía de Gustave Eiffel —que ya había construido puentes importantes y la estructura de la Estatua de la Libertad, para Nueva York—. Eiffel, que al principio no mostró mucho interés por la torre, les compró la patente y ese año mostró el proyecto en la Exhibición de Artes Decorativas (Lemoine B. Eiffel. Barcelona, Editorial Stylos, 1986).
Al año siguiente se organizó el concurso para el diseño de una torre de 125 metros de base y 300 de altura —las mismas medidas que la de Eiffel— que sería el símbolo de la exposición universal en el Campo Marte. Se recibieron 107 propuestas y fueron premiadas las de Dutert, Eiffel y Formigé. Se decidió que el primero realizara la Galería de las máquinas; Eiffel la torre, y Formigé el Palacio de las Artes Liberales.
A principios de 1887 se firmó el contrato de la obra y se entregaron 1.5 millones de francos, que era menos de la cuarta parte del costo de la torre. El resto fue invertido por Eiffel, quien —por 20 años— obtuvo las ganancias que generó su uso. Recién iniciadas las obras, se tuvo una enorme protesta del Comité de los trecientos que estaba dirigido por el arquitecto Charles Garnier, autor del proyecto del edificio de la Opera. Distinguidos personajes como Alexandre Dumas hijo, Guy Maupassant, Charles Gounod y Jules Massenet, publicaron su petición de suspender la obra: “Nosotros, escritores, pintores, escultores, arquitectos y apasionados devotos de la hasta ahora preservada belleza de París, en nombre del mancillado gusto francés, protestamos con toda nuestra fuerza, con toda nuestra indignación contra la construcción de esta inútil y monstruosa Torre Eiffel…”.
La torre se terminó marzo de 1889, en un tiempo récord. Es aún la estructura más alta de París y la más visitada del mundo. Desde su inauguración ha recibido más de 270 millones de visitantes y se convirtió en el símbolo de la ciudad.
